PRIMERA LECTURA: EZEQUIEL  2, 2-5
SALMO RESPONSORIAL      Del  SALMO  122
SEGUNDA LECTURA: 2da CORINTIOS  12, 7-10
EVANGELIO: MARCOS  6, 1-6

 

Reflexión DominicalNadie es profeta en su patria, ni en su familia, ni en su Iglesia. Cristo recibió la peor acogida precisamente entre aquellos que se creían más cerca de Él y más cerca de Dios. No es el amor, sino la costumbre lo que nos hace ciegos. Esta verdad resalta con evidencia en el Evangelio de hoy.

Pero nos olvidamos fácilmente que también se vuelve contra nosotros como una luz que nos denuncia. ¿No somos hoy nosotros esa familia del Señor, esos doctores de la ley, esos propietarios de la verdad, esos creyentes tradicionales – más tradicionales que creyentes?

Entre Jesús y los suyos, la decepción fue mutua. “Ni siquiera sus hermanos creían en Él”, nos indica el Evangelio de San Juan (7.5). Y para sus paisanos de Nazaret es un escándalo, de modo que Él mismo se sorprende de su falta de fe. En medio de ellos, Jesús tropieza con la mentalidad más estrecha, la mezquindad, los prejuicios. Cristo buscó en vano la fe en todos aquellos que se consideraban como los especialistas y los posesores de la verdad: los fariseos, los escribas, los sacerdotes, los devotos. Y la descubrió en abundancia donde nadie lo hubiera esperado: en los paganos, los pecadores, los ignorantes y los pobres.

Él sufrió más por culpa de los fieles que de los extraños, más por culpa de los creyentes que de los que no creían. Y finalmente fue crucificado por todas las autoridades de su pueblo. Toda su vida habrá sentido nostalgia de los paganos. Sus choques dolorosos con la resistencia obstinada de su comunidad religiosa lo habrá hecho suspirar por el encuentro con almas nuevas, frescas, impresionables.

Todavía hoy: ¡Cuántos se convertirían a Cristo, si su imagen no estuviera tapada y desfigurada por quienes se creen sus representantes y casi sus propietarios! El mayor problema de nuestros días no es la fe en el Señor, sino la posibilidad de confiar en la Iglesia. No somos cristianos – nos hacemos cristianos. El verdadero cristianismo no es ni hereditario, ni tradicional: es un encuentro muy personal con Cristo. Y ese encuentro profundo con Él es siempre desconcertante.

Desconcertó la vida de todos los que lo acogieron. ¿Ha desconcertado también la nuestra? ¿Nos ha arrastrado, individual y colectivamente, hacia una aventura como la suya, hacia un cambio total y permanente? Porque si esperamos que cambie la Iglesia, siempre estaremos esperando. La Iglesia no es más que los cristianos. Si nosotros no cambiamos, es inútil acusar a la Iglesia. No es la pertenencia a una comunidad lo que nos salva, ni tampoco lo que nos condena. Esa reforma que esperamos de la Iglesia, hemos de comenzarla por nosotros mismos, por nuestras comunidades.

En aquel tiempo era hermoso ser de la familia de Jesús. Pero había que dejar a los hermanos y papás, para seguirle. Había que hacerse como niños y aceptar aprenderlo todo de nuevo. Era necesario saltar todos los obstáculos y arriesgarse a comenzar, sin aguardar a los demás.

P. Fr. Antar Elías Chain ocd