La antropología filosófica atiende cuestiones que pueden resultar cercanas a la llamada antropología cultural, pero su tarea específica es centrarse en el problema de la naturaleza del hombre en el mundo. En nuestra manera de hacer teología las consideraciones sobre lo humano no solo han de verse confirmadas por la Palabra de Dios, sino que tienen que brotar de esta palabra; lo mismo que de la revelación en sus diversas etapas históricas. 

Una teología del hombre no puede ignorar los interrogantes y las convicciones que dominan en la conciencia de la comunidad a la que pertenece el teólogo. Por ello, es su misión escudriñar los signos de los tiempos, interpretándolos a la luz del evangelio “de forma que, acomodándose a cada generación, pueda la Iglesia responder a los perennes interrogantes de la humanidad sobre el sentido de la vida presente y de la vida futura» (Gaudium et Spes, 1965, 4). La antropología teológica mira desde la perspectiva de la Palabra de Dios, los interrogantes perennes del ser humano.

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Así que, la consideración teológica del hombre se extiende en cierto modo por toda la teología, constituyendo una de sus tareas fundamentales. Es verdad que la teología tiene como objeto central a Dios en su vida íntima, pero esa vida íntima ha sido revelada en cuanto que se comunica al hombre. Por tanto, la teología habla siempre del ser humano.

Perspectivas de la antropología teológica

El Concilio Vaticano II acoge las orientaciones de la teología contemporánea sobre cómo es posible en la actualidad construir una antropología teológica, basada sólidamente en la palabra de Dios y en plena correspondencia con la vida eclesial de hoy. Los textos principales son:

  1. Lumen Gentium, 2: El Padre Eterno, por una disposición libérrima y arcana de su sabiduría y bondad, creó todo el universo, decretó elevar a los hombres a participar de la vida divina, y como ellos hubieran pecado en Adán, no los abandonó, antes bien les dispensó siempre los auxilios para la salvación, en atención a Cristo Redentor, que es la imagen de Dios invisible, primogénito de toda criatura» (Col 1,15). A todos los elegidos, el Padre, antes de todos los siglos, los conoció de antemano y los predestinó a ser conformes con la imagen de su Hijo, para que éste sea el primogénito entre muchos hermanos» (Rm 8,29). Y estableció convocar a quienes creen en Cristo en la santa Iglesia, que ya fue prefigurada desde el origen del mundo, preparada admirablemente en la historia del pueblo de Israel y en la Antigua Alianza, constituida en los tiempos definitivos, manifestada por la efusión del Espíritu y que se consumará gloriosamente al final de los tiempos. Entonces, como se lee en los Santos Padres, todos los justos desde Adán, «desde el justo Abel hasta el último elegido», serán congregados en una Iglesia universal en la casa del Padre.
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  1. Nostra Aetate, 5: No podemos invocar a Dios, Padre de todos, si nos negamos a conducirnos fraternalmente con algunos hombres, creados a imagen de Dios. la relación del hombre para con Dios Padre y con los demás hombres sus hermanos están de tal forma unidas que, como dice la Escritura: «el que no ama, no ha conocido a Dios» (1 Jn 4,8). Así se elimina el fundamento de toda teoría o práctica que introduce discriminación entre los hombres y entre los pueblos, en lo que toca a la dignidad humana y a los derechos que de ella dimanan. La Iglesia, por consiguiente, reprueba como ajena al espíritu de Cristo cualquier discriminación o vejación realizada por motivos de raza o color, de condición o religión. Por esto, el sagrado Concilio, siguiendo las huellas de los santos Apóstoles Pedro y Pablo, ruega ardientemente a los fieles que, «observando en medio de las naciones una conducta ejemplar», si es posible, en cuanto de ellos depende, tengan paz con todos los hombres, para que sean verdaderamente hijos del Padre que está en los cielos
  1. Dei Verbum, 2: Dispuso Dios en su sabiduría revelarse a Sí mismo y dar a conocer el misterio de su voluntad, mediante el cual los hombres, por medio de Cristo, Verbo encarnado, tienen acceso al Padre en el Espíritu Santo y se hacen consortes de la naturaleza divina. En consecuencia, por esta revelación, Dios invisible habla a los hombres como amigos, movido por su gran amor y mora con ellos, para invitarlos a la comunicación consigo y recibirlos en su compañía. Este plan de la revelación se realiza con hechos y palabras intrínsecamente conexos entre sí, de forma que las obras realizadas por Dios en la historia de la salvación manifiestan y confirman la doctrina y los hechos significados por las palabras, y las palabras, por su parte, proclaman las obras y esclarecen el misterio contenido en ellas. Pero la verdad íntima acerca de Dios y acerca de la salvación humana se nos manifiesta por la revelación en Cristo, que es a un tiempo mediador y plenitud de toda la revelación.

En este orden de ideas, el hombre es considerado como inmerso en la historia. La historia de la humanidad es historia de la salvación en cuanto que cada uno de los hombres, bajo el influjo de Cristo y por la gloria de Cristo, están llamados a la unión con Cristo crucificado, esto es, a la participación del misterio pascual. La historia de la salvación se convierte para nosotros en el desarrollo del compromiso libre, con que el hombre responde a la llamada de Dios. Finalmente, la antropología teológica tiene que considerar la índole comunitaria de la imagen de Dios.

Bosquejo de la antropología teresiana

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La antropología implícita en la obra de Teresa de Jesús se va descubriendo al leer el texto, y aunque interesa el texto explícito, es aun más relevante la obra que el Espíritu realiza en ella: su ser transformado. 

Por eso, en términos de antropología teológica, se trata de descubrir qué tipo de mujer nueva es la Santa, de tal forma que podamos encontrar rasgos de la antropología pneumatológica en su ser mujer configurada en Cristo, viviendo plenamente según el Espíritu.

Este proceso de adecuación de la criatura humana al modelo perfecto que es Jesús, va generando una persona cada vez más configurada con Cristo, y ese es el testimonio del Espíritu Santo en la fragilidad humana. La antropología teresiana resulta ser una teología existencial manifiesta en la acción del Espíritu en su existencia, siendo así la Doctora transparencia de Cristo. La antropología teresiana se entiende desde la perspectiva del actuar de Cristo en la historia humana y en la creación.

Esta creación que es finita se ve plenificada con la acción del Hijo, segunda persona de la trinidad. Así como la función del Padre es crear, la función del Hijo es Redimir, palabra que la teología contemporánea la decodifica como «humanizar» (Serrano Pérez, 2011). Al decir que Teresa quiere modelarse en la persona de Cristo, lo que estamos diciendo es que quiere, repetir las acciones que realiza el Hijo de Dios y que podemos identificar esas acciones de los relatos Evangélicos.

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El Señor Jesús humaniza cuando perdona, ya que el perdón reintegra a la comunidad y restaura la relación con el Padre; humaniza cuando cura a los enfermos ya que con esta acción restaura la humanidad del doliente, lo pone de nuevo en las relaciones con la comunidad y retira el estigma de la época del primer siglo de nuestra era que pensaba que el enfermo lo estaba por su pecado; humaniza cuando incluye, cuando toma en cuenta al diferente, al despreciado, esta también será una acción humanizante del Padre que al resucitar a su Hijo de una muerte injusta, no se pone del lado de los victimarios castigándolos, sino que se pone del lado de la víctima resucitándolo; humaniza cuando comparte, se sienta a la mesa con las personas es para la cultura mediterránea y ahora para el cristianismo y para la misma humanidad un tema de encuentro de apropiación de identidad (Andrade, 1999).

El Espíritu vive en Teresa y desborda una imagen estrecha de ser humano y de mundo, abriéndose a un proceso evolutivo de cambio y superación que cuenta con la complejidad de lo humano. La autora, sabiendo sus límites, se arriesga a la salida permanente sin detenerse y, emergiendo de sí, logra una plena humanización. Para ella, el ser humano se va haciendo en un proceso paulatino de libertad y el encuentro. (Serrano Pérez, 2011, p. 34). Por otro lado, junto a la continuidad hay ruptura: el hombre viejo muere para que nazca el nuevo ser humano y, para hablar de esta transformación no le es suficiente la imagen del castillo; por esto, acude al símbolo del gusano de seda que evoca el cambio profundo del sujeto como a la letra lo menciona en 5M, 2:

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Ya habréis oído sus maravillas en cómo se cría la seda, que solo Él pudo hacer semejante invención, y cómo de una simiente, que dicen que es a manera de granos de pimienta pequeños (que yo nunca la he visto, sino oído, y así si algo fuere torcido no es mía la culpa), con el calor, en comenzando a haber hoja en los morales, comienza esta simiente a vivir; que hasta que hay este mantenimiento de que se sustentan, se está muerta; y con hojas de moral se crían, hasta que, después de grandes, les ponen unas ramillas y allí con las boquillas van de sí mismos hilando la seda y hacen unos capuchillos muy apretados adonde se encierran; y acaba este gusano que es grande y feo, y sale del mismo capucho una mariposica blanca, muy graciosa. Mas si esto no se viese, sino que nos lo contaran de otros tiempos, ¿quién lo pudiera creer? ¿Ni con qué razones pudiéramos sacar que una cosa tan sin razón como es un gusano y una abeja, sean tan diligentes en trabajar para nuestro provecho y con tanta industria, y el pobre gusanillo pierda la vida en la demanda? Para un rato de meditación basta esto, hermanas, aunque no os diga más, que en ello podéis considerar las maravillas y sabiduría de nuestro Dios. Pues ¿qué será si supiésemos la propiedad de todas las cosas? De gran provecho es ocuparnos en pensar estas grandezas y regalarnos en ser esposas de Rey tan sabio y poderoso.

La antropología teresiana es altamente positiva porque la imagen de ser humano que refleja está armonizada por la visión que tiene de Dios. Teresa refleja lucidez para detectar el misterio del mal que desordena al ser humano y puede romper el proyecto relacional de Dios. Por eso relativiza lo transitorio y accidental sin ignorarlo, y entiende los males como pasajeros, ya que nada puede cambiar el concepto de ser humano revelado en Cristo, en quien el pecado ha sido vencido por amor.

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Por otra parte, en Teresa, el autoconocimiento de la grandeza y la miseria es a la luz de Dios y por eso puede vivir como resucitada. El dinamismo del conocimiento humano es el don que ya está en nosotros por el Espíritu (Serrano Pérez, 2011). Y así ahora podemos decir una palabra sobre la acción del Espíritu Santo en la comunidad Trinitaria que, entre otras muchas cosas, es quien, al estar en medio del abrazo amoroso entre el Padre y el Hijo, dinamiza, organiza, construye y reconstruye a la persona dándole una dimensión de comunidad, de encuentro con el otro, los otros seres humanos, con el completamente Otro, que es Dios Trinidad, con el cosmos, la creación, lo que los autores contemporáneos llaman la eco teología, y con él mismo.

Este es un acercamiento sencillo de la comprensión del hombre según santa Teresa, siendo su mensaje y experiencia un gran aporte para la antropología y la espiritualidad.

Bibliografía
Andrade, B. (1999). Dios en medio de nosotros: esbozo de una teología trinitaria kerygmática. Salamanca: Secretariado Trinitario.
Boyer, C. (1957). Tractatus de Deo creante et elevante (5a ed.). Roma: Universidad Gregoriana.
Santa Teresa de Jesús (2000). Castillo Interior. En E. Llamas Martínez & A. Barrientos (Eds.), Obras completas (5. ed, pp. 805–967). Madrid: Editorial de Espiritualidad. Ferrater Mora, J. (2004). Antropología Filosófica. En Diccionario de filosofía (pp. 185–187). Barcelona: Ariel.
Flick, M., & Alszeghy, Z. (1982). Antropología teológica (4a ed.). Salamanca: Sígueme.
Concilio Vaticano II (1965). Constitución Dei Verbum. Constitución Gaudium et Spes, Constitución Lumen Gentium, declaración Nostra Aetate, Recuperado de http://www.vatican.va/archive/hist_councils/ii_vatican_council/documents. 
Serrano Pérez, A. (2011). La antropología teresiana desde el texto y más allá del texto. En Una propuesta de antropología teológica en el “castillo interior” de Santa Teresa (pp. 34–37). Ávila: Diputación de Ávila, Institución Gran Duque de Alba.

Luis Fernando Téllez Arredondo, OCD