Como en el día de ayer, otra vez la paradoja nos trae la novedad del Reino de Dios. Jesús es crucificado. Una serie de signos asombrosos acompañan el relato de su muerte. El cielo se oscurece como en Egipto antes del éxodo, las tinieblas anuncian la liberación. El velo del templo se rasga de arriba abajo, denotando que es la acción de Dios mismo la que rompe la distancia que la religión impuso entre el creador y las creaturas. Lo que para el auditorio era una muestra de fracaso sería la victoria de Jesús sobre las fuerzas históricas del mal, sus sistemas, sus medios y sus armas.

Seguramente, ante la muerte de todos nuestros mártires, los poderes han cantado la victoria y han celebrado el fracaso de su vida y su misión, ignorando que con ello no sólo han firmado su propia sentencia, sino que les han propiciado la gloria y han puesto en las manos del pueblo una bandera para proclamar con mucha más fuerza que el amor es siempre más fuerte.

Las mujeres protagonizan la segunda escena. Son las únicas que permanecen fieles, aun en el dolor y en peligro de ser señaladas como seguidoras de un condenado a muerte. Para ellas estará reservada la tarea de ser las primeras anunciadoras de la Buena Noticia de la resurrección y voceras de la continuidad de la misión. Son las oprimidas e in-visibilizadas de la historia, cuyo testimonio no cuenta para la sociedad; son las encargadas de transmitir la noticia de la resurrección de Jesús.

P. Fr. Antar Elías Chain OCD