Primera Lectura: Isaías (66,18-21)
Salmo:Sal 116,1.2
Segunda Lectura: Hebreos (12,5-7.11-13)
Evangelio: Lucas (13,22-30)

Reflexión DominicalUniversalidad de la Salvación y la puerta angosta
Hemos escuchado en la primera lectura la profecía del profeta Isaias que nos anuncia la universalidad de la salvación:
“Yo vengo para reunir a las naciones de toda lengua”
“Enviaré como mensajeros a algunos de los supervivientes hasta los países más lejanos y las islas más retomadas, que no han oído hablar de mi ni han visto mi gloria y ellos darán a conocer mi nombre a las naciones”.
El deseo de Dios es que todos los hombres seamos UNO SOLO, que todos los pueblos conozcan su nombre, es decir su identidad, su misericordia; a lo largo del A.T. y particularmente en los inicios del pueblo de Israel, Dios se manifiesta como aquel que busca la libertad de Israel; un Dios compasivo que busca la liberación – salvación de sus hijos. Dios busca la felicidad del hombre y quiere liberarlo de toda opresión, de todo aquello que atenta o destruye su dignidad.
Estos extranjeros son llamados hermanos: “mis mensajeros traerán, de todos los países, como ofrenda al Señor, a los hermanos de ustedes”.
En este NUEVO PUEBLO DE DIOS sus miembros son HERMANOS, que constituyen una ofrenda pura a los ojos de Dios. El mejor culto que podemos presentarle al Señor, Dios nuestro, es la fraternidad. Así como un padre siente alegría cuando ve a sus hijos viviendo en armonía, así Dios nuestro Padre se alegra cuando ve a sus hijos (genero humano) convivir en solidaridad y respeto.
El grupo más santo del pueblo de Israel eran los Levitas. Esta tribu era la sacerdotal. A esta tribu pertenecía Moises y Aaron: pilares del primer culto a Dios en el Sinaí la montaña de la alianza. Entre los EXTRANJEROS Dios escogerá sacerdotes y levitas. La revelación que presenta el profeta

Isaías debía de sonar absurda y escandalosa para sus contemporáneos. ¿Cómo es posible que los EXTRANJEROS se conviertan en sacerdotes y levitas? Esto estaba reservado para un grupo exclusivo. Con esta profecía se anuncia al pueblo de la antigua alianza que la santidad proviene de Dios y no de la permanencia a un grupo particular. Solo Dios es Santo y el puede llamar a la santidad a aquellos que son considerados por nosotros como impuros, in merecedores de sus gracias. Dios sorprendió al pueblo de Israel y nos siguen sorprendiendo ahora: la salvación no se realiza por la pertenencia a un grupo determinado, la salvación es para todos y Dios suscita sacerdotes y levitas suyos, de entre aquellos que pareciera no son aptos para este servicio debido a su lejanía o extrañeza.
En el Evangelio Jesús nos dice que la puesta para acceder a la salvación es angosta. Parecería que su afirmación contradice el deseo universal de Dios de salvar a todos los hombre. En realidad Jesús habla de una actitud interior que debe estar presente en el corazón de todo hombre como requisito indispensable para la salvación: LA HUMILDAD.
La salvación es para todos aquellos que son pequeños, que reconocen su impotencia, su necesidad de Dios para vivir libres y con la dignidad a la que hemos sido llamados. Santa Teresita del Niño Jesús dirá:
“Lo que agrada a Dios en mi pequeña alma, es que ame mi pequeñez y mi pobreza, es la esperanza ciega que tengo en su misericordia”
La humildad, el reconocimiento de nuestra impotencia y pequeñez nos posibilita para entrar por la puerta angosta.
El dueño de la casa se levantará y cerrara la puerta. Muchos dirán: !Señor ábrenos! Hemos comido y bebido contigo y tú has enseñado en nuestras plazas… él responderá : “no se quienes son ustedes”.
Asistir a los sacramentos, vivir de acuerdo con las tradiciones de una cultura católica, no implica necesariamente que tengamos una relación profunda con Jesús, no implica que estemos experimentando la vida nueva prometida por Jesús. Podemos estar sin estar, vivir sin vivir verdaderamente.
En el evangelio de Lucas se habla de la salvación como un acontecimiento final. Sin embargo en la teología de San Juan, que es el evangelio más desarrollado desde el punto de vista teológico, se afirma que la salvaciónesta en el PRESENTE. El aquí y el ahora es tiempo de salvación, de gracia. A esta experiencia se accede en la medida en que reconocemos y presentamos cotidianamente nuestra pequeñez (fragilidad – inconsistencia) ante el Señor para pedirle que nos libere.
La mayor tentación del cristiano es vivir una existencia sin una continua dependencia de Dios. Esta dependencia se verifica en el corazón de cada creyente en la cotidianidad y el signo por excelencia que manifiesta nuestra pequeñez y necesidad de Dios es la ORACION.

Fray José Colón Izquierdo ocd.