Primera Lectura: Eclesiástico (3,17-18.20.28-29)
Salmo: Sal 67,4-5ac.6-7ab.10-11
Segunda Lectura: Hebreos (12,18-19.22-24a)
Evangelio: Lucas (14,1.7-14)

Reflexión DiminicalVivir en humildad: ¡Que tenemos que no hayamos recibido!

“Hazte tanto más pequeño cuanto más grande seas y hallarás gracia ante el Señor, porque sólo él es poderoso y sólo los humildes le dan gloria”
A lo largo de nuestra vida tenemos la tentación de vanagloriarnos de lo que somos y de lo que tenemos. Sin embargo, si nos ponemos a analizar detenidamente nos damos cuenta que nuestra misma existencia es obra de la providencia de Dios:
a) Hemos recibido un cuerpo (con poco o mucha salud) por parte de nuestros padres. Dios en su infinita misericordia ha permitido que seamos lo que somos físicamente. Nuestro crecimiento en sus etapas iniciales fue responsabilidad de nuestros progenitores. No estaba en nuestras manos el estar bien alimentados o no, tampoco el cuidar de nuestro cuerpo o no.
b) Nuestra inteligencia es obra de la providencia. Pero no solamente eso: tenemos habilidades intelectuales gracias a la formación que nuestros padres y la sociedad en general nos han ofrecido. Nuestras habilidades intelectuales serían totalmente diferentes si hubiéramos nacido en un contexto diversa. No hemos controlados las circunstancias de nuestro crecimiento. Simplemente hemos correspondido o reaccionado positiva o negativamente ante lo que se nos ha dado.
c) Somos cristianos por obra y gracia de la misericordia de Dios. Hemos recibido el Evangelio porque otros creyeron antes que nosotros. La salvación que celebramos es OBRA ABSOLUTA DE LA MISERICORDIA DE DIOS. Es Dios nuestro Padre que ha querido que viviéramos en la libertad y que estemos llamados a vivir en íntima comunión con él.
Ser humilde es ser realista. Ser humilde es reconocer la providencia y la bondad en todas las cosas. Ser humilde es recibir y celebrar agradecidamente el amor de Dios manifestado en todas cosas que nos rodean.
En el evangelio Jesús nos invita no buscar los primeros lugares sino los últimos. Se trata de una actitud existencial. El que busca los primeros lugares, está buscando ser grande, ser notado, ser honrado. Su actitud denota que quiere ser centro, existe en su corazón la idolatría del ego. El que busca los últimos lugares no busca ser servido sino servir. Considera que otros deben de ocupar los puestos principales. Se siente satisfecho con lo que es y lo que hace. No necesita ser grande ni principal para compartir la vida con los demás. Sabe en su corazón que tiene un lugar especial en el corazón de Dios. Las fatigas del hombre por ser primero terminan en la medida en que se da cuenta que es Dios que da a cada uno el lugar que le toca en la historia de la salvación: allí los pequeños son grandes y los grandes pequeños.
El banquete es símbolo del Reino de Dios, el paradigma de la humanidad nueva. Jesús en su última cena, tomó una toalla, se la ciño a la cintura y comenzó a lavar los pies de los discípulos. La armonía del Reino se encuentra en los corazones de aquellos que están dispuestos a servir antes que ser servidos. El gesto de Jesús en su última cena denota una actitud existencial: Jesús no ha querido ser centro, Él ha buscado el último lugar y así ha salvado al mundo entero.
En la medida que vivamos la humildad, en la medida en que somos conscientes de la bondad infinita de Dios en nuestras vidas, podremos vivir nuestra existencia con fieles administradores de los dones de Dios, no buscando dominar ni ser el centro, sino compartiendo nuestra existencia generosamente con aquellos no nos pueden corresponder.

Fray José Colón Izquierdo ocd.