Ex 32, 7-11.13-14: “Ac uérdate de tus siervos, Abraham, Isaac e Israel”.
Salmo 50: “Me pondré de camino adonde está mi padre”.
1Tim 1,12-17: “…en mí, el primero mostrara Cristo Jesús toda su paciencia ”
Lc 15,1-32: “Ese acoge a los pecadores y come con ellos”

Domingo XXIV del Tiempo Ordinario“Ese acoge a los pecadores y come con ellos”. La liturgia el día de hoy nos invita a meditar en una tentación que puede minar la alegría de vivir “en obsequio de Jesucristo”, y que es la de los fariseos se dejan llevar por el sentimiento de rechazo a la actitud de misericordia de Jesús al sentarse a la mesa y comer con pecadores. El sentimiento de desprecio, nace de una interpretación religiosa que afirma a Dios como “juez justo” y que se ve minada por la actitud de Jesús, pues al comer con pecadores, revela a un Dios que no paga a cada uno según sus méritos. Lo que nutre el sentimiento de desprecio además de la percepción de que se niega la justicia divina, es que vienen a menos las riquezas espirituales que sienten haber acumulado al vivir una vida de cumplimiento de la ley. Es la sensación de que sus “méritos o ganancias espirituales no van a ser pagadas”. Sienten que los bienes espirituales no se deben compartir con quienes no los merecen. Es la sensación de colapso del sistema religioso basado en los méritos. La justicia en esta forma de vivir la vida religiosa si está en contraposición con la misericordia. Y desde esos sentimientos afirman con desprecio “Ese acoge a los pecadores y come con ellos”. Su actitud de “ricos en espíritu” los lleva a alejarse existencialmente de Jesús. 

Para estar en sintonía con el corazón de Jesús es necesaria “ser pobres en espíritu”.  Jesús con su respuesta en las parábolas de la oveja, moneda e hijo perdido quiere hacerles entender que para estar unidos con Dios no deben encerrarse en su egoísmo, sino abrirse a los otros, acoger a los otros, inclusive a lo que son indignos, porque tal es la actitud del Padre. El Padre es generosidad sin límites, el que cuida de todos, se alegra con todos, se preocupa en modo especial por los que se encuentran angustiados por alguna condición de miseria que les coloca en la necesidad de ser sostenidos y consolados. La persona que vive la pobreza espiritual desea el bien de los otros, comparte con los otros los dones que ha recibido sabiendo que son obsequios que se multiplican cuando son distribuidos y desde esa actitud se encuentran existencialmente cercanos al corazón del Hijo.

Santa Teresa denuncia también la actitud de la riqueza espiritual en que viven las personas de las terceras moradas, que llevan una vida “concertada”, viviendo en la lógica del doy-das todos. Las personas en las terceras moradas difícilmente aceptan un punto de vista diverso porque les parece injusto, todo lo que salga de la lógica del mérito. Y es por ello que la Santa recomienda focalizar la atención no en las obras hechas para ganar méritos, sino de centrar la atención en el amor puesto en obras: “¿qué queréis que haga Su Majestad, que ha de dar el premio conforme al amor que le tenemos? Y este amor, hijas, no ha de ser fabricado en nuestra imaginación, sino probado por obras; y no penséis que ha menester nuestras obras, sino la determinación de nuestra voluntad.” (3M 1,7). Pidámosle al buen Jesús que nos conceda la pobreza en espíritu y el amor ejercitado para estar en sintonía con su corazón, siempre abierto al Padre que hace salir su sol, sobre buenos y malos y se alegra más por un pecador que se convierte que por noventa y nuevo que no necesitan conversión.

Fr. Martín Martínez ocd