EL PROFETISMO DE NUESTROS FUNDADORES Y NUESTRAS COMUNIDADES.

 

“No renunciéis a vuestro profetismo”: SS Francisco, Papa

Teología de la Vida Consagrada en la vida de los Institutos

I. UNA VISIÓN GENERAL DE UN PROFETA.
II. UNA VISIÓN GENERAL DEL PROFETISMO DE LA VIDA RELIGIOSA.
III. EL PROFETISMO DE NUESTROS FUNDADORES.

 

I. UNA VISIÓN GENERAL DE UN PROFETA.

Federación San José de GuadalupePrimeramente hacemos un acercamiento bíblico al tema. Es necesario hacerlo para tener una adecuada comprensión de qué nos referimos cuando hablamos de un “profeta”.

Es importante, porque ya en la Biblia nos damos cuenta que la acepción de “profeta” no es siempre un nombre bien recibido: incluía a adivinos, visionarios, sacerdotes, magos, taumaturgos, sabios, personas que hablaban de parte de Dios o de los dioses, o a veces sin referencia a ellos; hablan a los reyes, a la corte o al pueblo, diciéndoles muchas veces lo que querían o necesitaban oír.

Para reconocer a un verdadero profeta en la Biblia, contamos con los siguientes indicadores:

a) El profeta no dice lo que él siente o quiere decir; tampoco dice lo que su público quiere o necesita escuchar; sino lo que Dios le ordena decir o hacer, y en los términos como Dios lo quiere expresar. Dios es su Palabra, y el profeta es su boca.

b) No persiguen un interés propio. Profetizan no por oficio ni por gusto propio, porque incluso ser la boca de Dios puede serle perjudicial al profeta: las autoridades o la gente murmuran contra él, lo señalan, o incluso lo persiguen y amenazan… lo matan.

c) Son personajes íntegros, intachables, porque sus vidas se vuelven una transparencia de Dios. Son fieles a su Palabra.

A partir de estos indicadores, contamos con estos otros parámetros:

d) El profeta predica en conformidad con Yahwéh, con la Torah, con la tradición bíblica. Hoy diríamos, prosiguen la tradición de la comunidad de la fe, del pueblo de Dios, de la Iglesia.

e) Hay un cumplimiento de lo que anuncian (posteventum). El no cumplimiento los evidencia como falsos profetas.

f) No son asalariados, no reciben beneficio alguno, lo cual muestra su pureza de intención.

g) Mantienen un contacto continuo con la Palabra.

h) Son solidarios con el pueblo, aún con los enemigos (vid. Jr 29,5-7).

Podríamos afirmar de un profeta, parafraseando a Jesús, que quien lo ve a él, ve al Padre (Jn 14,9). Y lo que está en juego es actualizar la memoria de Dios en los acontecimientos de la historia. Por ello, un profeta es el hombre de la historia, y en ella va transformando el tiempo: recuerda el pasado, la Alianza, para hacerla vigente en el presente. En este presente, observa si el pueblo es fiel o no a la Alianza, y así, cuando el pueblo olvida a Dios cometiendo infidelidad, el profeta lo avisa, lo “denuncia”, para enderezar el camino. Aún más, si por infidelidad se pierde el pueblo, el profeta anuncia la esperanza, porque Dios siempre se mantiene fiel a su prometida (el pueblo, el ser humano). Cuando la historia se descompone, el profeta recuerda que Dios nunca ha dejado de intervenir en nuestro favor, y por eso siembra la semilla de la esperanza de la intervención de Dios para volver a tener un futuro de vida que aguardar, una “vida futura” como canta nuestro Credo.

Por lo tanto, podemos deducir a partir de todo esto, los atributos de un profeta, y con ellos, describir el perfil profético de una comunidad religiosa o de sus fundadores.

1. El profeta es una persona de Dios.

Federación San José de Guadalupe, Méx.Los profetas son personajes que “padecen” a Dios. Es tal su diálogo con él, su “estar de pie” frente a él, su permanencia en su Camino, que se unen con Dios, participan de las preocupaciones de Dios, de la pasión de Dios y no se pueden sustraer a su acción.

El profeta ya no se pertenece: se ha entregado a Dios, o más bien, por su libre aceptación, Dios los ha tomado para sí. Por lo tanto el profeta ya no vive para sí mismo ni para cualquier causa, sino por la gloria del Señor (1Re 19,10.14).

Este “padecer a Dios” lo mete en una nueva manera de vivir, de experimentarse en medio de la sociedad, de mirar la historia. Debido a ese cambio de mentalidad, metanoia o conversión, el profeta se vive en crisis, durante el tiempo en que se adapta a ese nuevo estilo de vida, y entra en conflicto con su pueblo y sus autoridades. Desde luego que esto afecta a su personalidad, y el profeta experimenta miedo.

Por lo mismo el profeta ya no sigue su propio proyecto, sino que ha sido metido en el camino de Dios, y así va a donde Dios lo envía. En este camino desconcertante va descubriendo a Dios y va creciendo en la esperanza de Dios. Este camino se torna en una experiencia de intimidad vital con él, cada vez más profunda y exigente.

Dios toma posesión de él, en una especie de “pathos” divino, y le da su fuerza divina para que el profeta pueda recorrer este camino y realizar la misión que Dios le asigne (1Re 19,3-8): es Dios quien la realiza en el profeta.

2. El profeta es una persona de la Palabra.

Federación San José de Guadalupe, Méx.La Palabra se vuelve alimento del profeta. Por medio de ella es como se familiariza con Dios, porque por medio de ella Dios se le ha ido revelando en su conciencia. A través de ella el profeta conoce el actuar de Dios en la historia, descubre sus criterios, y es con su misma Palabra divina como conoce el lenguaje para dirigirse a Dios.

A los principios, la Palabra le sabe sabrosa al paladar; pero después, al digerirla, le sabe amarga para las entrañas (Ez 3,3; Jr 15,16-18; Ap 10,9). Lo importante es asimilarla, que entre a sus entrañas, para que como el alimento, la Palabra lo sustente (lo sustancie) como hijo de Dios, y como hijo se vuelva siervo o seguidor de la Palabra.

Sólo si la Palabra se entraña en el profeta, puede salir de él a través de su boca. El profeta pronuncia la Voz que experimenta en la profundidad de su propia interioridad, esa Voz potente como la del Sal 29 (28), que se pronuncia en boca del profeta para que todo sea recreado de nuevo por Dios (Ez 37,3-14).

3. El profeta es una persona que provoca crisis.

Como el profeta ya no camina según sus propios criterios, ni los de la comunidad a la que pertenece, pues ésta ha olvidado o abandonado al Señor, el profeta no sólo experimenta crisis, sino que él se vuelve crisis para su sociedad, como signo de contradicción (Mc 12,10; 1Pe 2,4-8).

Federación San José de Guadalupe, Méx.Cuando la muchedumbre se olvida del Señor, olvidando su propia identidad de “pueblo de Dios”, y se torna infiel al Señor, no sabe juzgar adecuadamente su situación. Si Dios le habla al profeta, ciertamente el profeta le recordará su infidelidad como pueblo y la intachable fidelidad de Dios hacia su esposa, por lo cual hará un juicio distinto, divino, de los acontecimientos.

El juicio no es para condenar, sino para mirar con objetividad la realidad, con los ojos de Dios, y devolverle su responsabilidad (histórica) al pueblo; para que se renueve la faz de la tierra. El juicio no sentencia un castigo de Dios, más bien evidencia una consecuencia de los actos del pueblo, que han olvidado el camino de su libertador. Por eso el profeta es un juez de la historia del pueblo: examina el presente a la luz de la Alianza, y puede anunciar el futuro con los criterios de Dios, devolviendo la esperanza al pueblo (vid. Am 2,6-15).

De aquí que también podamos afirmar que un profeta no se hace ajeno a la realidad en su encuentro con Dios, sino que se torna en la persona más comprometida con ella para tornarla a los caminos de Dios. Porque el profeta tiene una conciencia límpida, y la verdad de su palabra sacude las conciencias, porque está frente al “juicio” de Dios. Su clave de interpretación (de análisis) de la realidad es la relación de la existencia del pueblo frente a la Alianza.

El conocimiento de Dios, el anuncio del juicio de Dios es lo que convierte en justas las relaciones que se dan entre los seres humanos dentro del pueblo, y en sus relaciones con Dios (Am 3,9-10).

El profeta aparece entonces como un cuestionador del sistema (Am 5,15), sin ser reformador. Devuelve la conciencia de la justicia social como el criterio de la fe verdadera (Jr 22,15-16).

4. El profeta es una persona que cumple su misión desde la debilidad.

Federación San José de Guadalupe, Méx.No puede ser de otra manera, porque la pasión de Dios es superior a la capacidad de recepción del profeta, y porque la obra profética que realiza no nace de su deseo humano, sino de la solicitud de Dios: en un principio se experimenta avasallado por ella (Jr 20,7-9). Por lo tanto su misión es sobrehumana, y si Dios no la realiza en la persona del profeta, ésta quedaría sin cumplirse en la historia.

Es entonces revelador caer en la cuenta que ser profeta implica caminar esta experiencia sobrehumana de Dios, desconcertante y rebosante de las posibilidades humanas, y es allí donde el profeta experimenta la grandeza, la belleza, la cercanía de Dios. Si el profeta se sale de este camino, no podrá entender a Dios. Es como ver a Dios en acción, en la historia, y en su propia persona (vid. Gal 1,16).

Es en medio de la impotencia del profeta donde se descubre la fortaleza de Dios; es su oscuridad propia el telón de fondo donde brilla la luz del Señor. Desde esta impotencia el profeta se resiste, pone objeciones (Jr 1,6; Is 6,5), se pelea con Dios (vid. las Confesiones de Jr).

El profeta pasa por crisis y tentaciones, con deseos de quejarse y de abandonar su misión. (1Re 19,4; Is 49,4).

5. Jesús, Evangelio del Padre, profeta del Reino.

Federación San José de Guadalupe, Méx.Jesús realizó la misión que le encomendó el Padre según la línea profética. Fue aclamado como tal (Mt 21,11); se refirió así de sí mismo (Mt 13,57; Lc 4,24). Se presenta como el intérprete de las buenas noticias, el mensajero de Dios (Lc 4,16-30).

En los evangelios descubrimos en Jesús algo más: más que hombre de Dios, es Hijo de Dios; más que hombre de la Palabra, es la Palabra. Como Jesús es la revelación del Padre (Jn 1,18), y en Jesús no tiene nada más que decirnos el Padre (Hb 1,1-4), es frente a Jesús ante quien tomamos posición. Porque fue en la mano de Jesús donde el Padre puso el juicio (Jn 5,27).

II. UNA VISIÓN GENERAL DEL PROFETISMO DE LA VIDA RELIGIOSA.

Una de las características de la vida religiosa es el profetismo. El Papa Francisco nos invita: “no renunciéis a vuestro profetismo”.Federación San José de Guadalupe, Méx.

Los consagrados, a semejanza de Jesús, o de Elías, viven en comunidades proféticas. Nuestras comunidades son un símbolo del Reino. También lo son de la verdad, que sólo puede ser testificada por dos o más personas. También lo son del mandamiento de Jesús: ámense los unos a los otros como yo los he amado (Jn 13,34s; 15,12; 1Jn 3,23).

Por lo tanto, siguiendo el mismo esquema de la primera parte, vamos a resaltar esos rasgos, pensando que no sólo es profeta la vida de una persona, sino que sólo en comunidad lo es como persona consagrada, y por lo tanto esos rasgos, son propios de la comunidad religiosa. De hecho la vida comunitaria es connatural o esencial a la vida religiosa.

1. Comunidades de personas de Dios.

Es muy importante señalar que los religiosos viven estos rasgos, pero no solos, sino juntos, con el Espíritu Santo, y por ello el testimonio profético que dan trasciende el ámbito de lo personal. El proyecto no es de una persona, sino de una comunidad, la del Espíritu. La fe, la oración, el amor, que encarna y vive cada religioso, además de ser personal, es patrimonio comunitario. No es mi oración, sino nuestra oración; no es mi fe privada, sino nuestra fe que Federación San José de Guadalupe, Méx.nos gloriamos profesar en Cristo con estos hermanos; no es lo que yo pienso, sino lo que pensamos juntos cuando el Espíritu de Dios está entre nosotros animándonos. De hecho es la comunidad el ámbito y la señal de que el Espíritu está presente. Porque el lugar donde el Espíritu se mueve, es la comunidad: “ama a tu prójimo como a ti mismo, yo el Señor estoy” (Lv 19,18); “donde dos o más de Uds. estén reunidos en mi nombre, yo allí estoy en medio de Uds.” (Mt 18,20); “donde hay amor, donde hay caridad, allí está el Señor” (vid. Jn 17,26).

Sin esta mediación comunitaria, el consagrado vive a su aire, sin ser confirmado por otra persona, y por tanto, aventurándose y arriesgándose al propio subjetivismo. Pero si la comunidad no es orante, atenta a la voluntad del Padre, compartiendo las preocupaciones divinas, tampoco es una mediación profética, encogiéndose a un grupo humano, un club o una asociación humana, por no decir mundana, que seguirá buenos caminos, pero no necesariamente el de Dios. La comunidad religiosa está llamada esencialmente a mostrarnos cómo seguir el camino de Dios como iglesia.

En efecto, lo que unirá a la comunidad religiosa es la experiencia de Dios y su proyecto. Somos amigos en virtud de que compartimos la misma visión, la misma meta, y porque juzgamos la historia con los mismos criterios que Jesús y el Padre.

A través de las relaciones fraternas, la comunidad religiosa testifica el amor de Dios –“nadie que no ame a su hermano puede decir que conoce a Dios (1Jn 4,20); y a través de sus relaciones interpersonales encuentran y desvelan, descubren la presencia y cercanía de Dios: su perdón, su escucha, su tolerancia, su paciencia, etc.

Federación San José de Guadalupe, Méx.“En esto reconocerán que son mis discípulos: en que se aman unos a otros como yo os he amado” (Jn 13,35). La vida consagrada es profética, antes que por su predicación o por sus obras, por su forma de relacionarse. Su relaciones son anuncio vivo del Reino; un reflejo de lo que es ser Iglesia.

Porque las relaciones interpersonales son indicadores de la calidad de amor que cada uno trae con Dios. Su capacidad de diálogo, de mutuo conocimiento, de humildad, etc., reflejan el crecimiento interior: de su capacidad para recibir, conocer a Dios e impregnarse de él. Es como un pabilo: amar es como encenderse; una vez encendido, arde para todos, para Dios, y para los demás. Sólo en la vida comunitaria puede una persona darse cuenta de esa madurez humana adquirida en el trato con Dios.

2. Comunidades de la Palabra.

La Palabra es la fuente de la sabiduría, de la libertad personal y comunitaria, de las relaciones justas, y de la paz. ¿Dónde podrán hallar los consagrados la “luz” para seguir por este Camino? Su instructivo es la Palabra, que como hemos dicho, es el mismo Jesús Cristo, el “camino” del Padre (Jn 14,6).

Si las personas consagradas arden en celo por la gloria del Señor, si no se pertenecen ya a sí mismas, si su travesía a través de la historia es de riesgo, incomprensión; entonces las personas consagradas no pueden andar aisladas, la comunidad es su compañía: para consolarse, para retroalimentarse, para desahogarse, para apoyarse… para dar juntos testimonio de Dios verdadero.

Para comunicarse, necesitan un lenguaje común: éste se los engendra la Palabra. ¿Cómo podrá un consagrado juzgarFederación San José de Guadalupe, Méx. la historia si no conoce la justicia de Dios? (vid. Gn 18,17.23-25) ¿Cómo podrá mantenerse de pie un religioso durante el trayecto si no se ha alimentado de la Palabra? ¿Cómo podrá entender la Palabra si no hay con quien la dialogue? (Hech 8,31).

Por medio de la Palabra, las personas religiosas encuentran la razón de ser de su vocación, de su vida comunitaria, de su compromiso con el mundo y de los riesgos por los que atraviesan. Si los consagrados no escucharan la Palabra, sino no se alimentaran y vivieran de ella: ¿qué podrían anunciar, de que hablarían?

3. Personas que a pesar suyo provocan crisis por su contraste con el mundo.

Una persona consagrada se caracteriza tanto por sus relaciones fraternas (vida en común) como por su pertenencia a Dios y su identificación con el Hijo de Dios. Su mentalidad, su estilo de vida, su manera de hablar y de sentir, están configurados con el Señor Jesús. Se echa de ver, muy a pesar suyo, la grandeza de su ser como “hijo de Dios”, y este contraste resalta frente a los valores del mundo, que persiguen otros fines, máxime cuando son valores que no nos hacen más humanos.

El Papa Francisco nos ha invitado en la Evangelii Gaudium a no “mundanizarnos”. Esto es, a no ser como el mundo. Estamos en el mundo, somos para el mundo, pero no pertenecemos al mundo, sino a Dios y a su Reino.

Tanto amo Dios al mundo que le envió a su Hijo, para que tenga vida en abundancia (Jn 3,16). Así el Padre, por amor al mundo nos manda al mundo, para dar a conocer la vida de su Hijo, y conociéndolo podamos transformarlo, recrearlo en un mundo más humano, donde el ser humano vuelva a ser un fin y no un medio.

Este es el anuncio profético de un consagrado, que lo modela con su vida. Como las personas consagradas no pertenecen al mundo, ni el mundo las comprende, está expuesta a ser rechazada, marginada, tanto como los profetas, que por incómodos al sistema, los “mataban en Jerusalén”.

En efecto, las personas consagradas al recordar la Alianza, nueva y eterna con el Padre, suelen ser incómodas para el mundo, para ser perseguidas y eliminadas; porque su vida es antiparadigmática del orden vigente. Por ejemplo:

Por el voto de obediencia los consagrados dialogamos para asumir unidos el anuncio de la fidelidad del Padre,Federación San José de Guadalupe buscando hacer su voluntad, no la personal ni tampoco la del yo colectivo, sino sólo la de Dios; recibiendo la responsabilidad del mundo y de la historia de esta Tierra, como Dios se la encargó al género humano desde la creación (Gn 2,15; Ez 3, 17; Is 21,6-8).

Por la vivencia de la castidad anunciamos las relaciones desinteresadas con los demás, el amor puro y verdadero, las acciones solidarias, creando el tejido social de la fraternidad de los hijos de Dios.

Por la pobreza anunciamos la alegría de ser libres, de no estar esclavizados por la posesión de los bienes, ni materiales ni espirituales. Así también testificamos el gozo del compartir, de la solicitud por la necesidad de los demás, que es la fuente de la justicia y de la paz, poniéndolo todo en común.

Esta puesta en común no se reduce a los bienes, sino a los tesoros escondidos en la vivencia interior, como lo son la alegría, la confianza, la esperanza, la visión del rostro de Dios… la responsabilidad de construir el mundo o de resolver todo problema evangélicamente, contra todo mal, el cual surge de las voluntades individualistas.

El Papa Francisco nos dice en su carta a los consagrados…: “nadie construye el futuro aislándose, ni solo con sus fuerzas” (p. 19).

Necesitamos estar unidos, porque una persona aislada es una persona muerta. Estamos unidos no solo para compartir los alimentos, o la mesa del altar, sino las preocupaciones de Dios, y las persecuciones que conlleva ser fieles al amor del Padre. Estar unidos como comunidades que reflejan el rostro viviente de la Esposa, que es la Iglesia.

4. El testimonio profético de la vida consagrada desde la debilidad.

Hemos recibido un tesoro en vasijas de barro, para que se vea que esa fuerza tan extraordinaria es de Dios y no viene de nosotros. (2Co 4,7)

Parto de un hecho para ser más explícito: Es llamativo que hoy no veamos surgir vocaciones para la vida religiosa. ¿Será que Dios ya no llama a la vocación de consagrados? ¿Será que nuestras comunidades perdieron su sabor, y ya no somos atractivos como modo de vida? O ¿será que ser profeta de suyo no agrada, no estimula, ni tampoco nace del deseo humano?

Federación San José de Guadalupe, Méx.Ser profeta es un proceso de muerte continua a sí mismo y de renacimiento a la vida de Dios. Ciertamente esto no se
compagina con la formación que nos ofrece hoy el mundo: consumista, individualista, acomodada, hedonista, light, descomprometido, utilitarista, pragmático… una cultura del selfie. La vocación de servir a Dios como profeta no sólo no es atractiva, sino además en ella experimentamos nuestra impotencia. Todo lo contrario a la excelencia que busca la sociedad, el éxito, el prestigio, la auto realización. Es como remar contra corriente. La vida de una persona de Dios es “disminuir yo… para que crezca él… en mí, en nosotros” (Jn 3,30). Mantenerse en este camino contradice nuestra tendencia de ser fuertes por nosotros mismos, oponiéndole el “ser fuerte gracias a Dios” para poder realizar la misión.

Una cosa es recibir el llamado, otra el responder. Yo me planteo este llamado a la luz de lo que implica dar testimonio de Dios en un mundo desintegrado, deshumanizado, que guarda intereses en choque con lo que buscamos en Dios. En el discurso inaugural de las olimpiadas de Atlanta escuchamos: “cada vez más fuertes, más veloces, más poderosos”: parece ser un signo de lo que el mundo nos ofrece hoy y de lo que nos abre apetito, en contraste con el escándalo de la propuesta divina.

Formar profetas, alimentarlos, consolidarlos: esta es la obra de Dios que reluce como antípoda de la propuesta omnipretenciosa del mundo. Nosotros sólo podemos disponernos para recibir el don de Dios de maneras adecuadas: acompañándonos, motivándonos, consolándonos, y disciplinándonos, guardándonos mutuamente en este esfuerzo en la subida al monte de la perfección que es Cristo. Lo subimos en comunidad.

Porque este ascenso (de allí: “ascesis”) es proceder de lo miserable a lo grande, de lo oscuro a la luz, de lo débil de la carne a lo fuerte del Espíritu de Dios. No es motivador descubrir un valle desértico que atravesar, pero sí lo es, y un gran consuelo, saber que la travesía la recorremos con la Trinidad: no sólo porque ella nos acompaña, sino porque primeramente ella nos llama, nos conduce, nos potencia, y nosotros la seguimos. Y en la dichosa subida descubrimos “allí” quién es el Señor, verdadero Dios nuestro.

¿De qué otra manera, si no, podremos experimentar, conocer, gozar, a este hermoso Dios? Nadie goza lo gozado sin haber pasado lo pasado, sin haber soportado lo soportado. Para estar enamorado es preciso estar primero herido por la Voz del Señor. Y de este camino damos testimonio recorriéndolo, para mostrar al mundo la condescendencia y la permanencia del infinito amor de Dios con nosotros, desde nuestra debilidad.

5. La vida consagrada como testimonio de la vida profética de Jesús y de la Iglesia.

“No debemos olvidar que la vida consagrada es “memoria viviente del modo de existir y de actuar de Jesús como Verbo encarnado ante el Padre y ante los hermanos. Es tradición viviente de la vida y del mensaje del Salvador.” (VC 22)

Cuando Jesús se encarnó y recorrió los caminos de la historia –del progreso de los pueblos, abriéndose camino en medio del dolor, de la explotación, del sacrificio de los seres humanos a las ideologías y los paradigmas de los sistemas-, entonces Jesús entregó la vida.

Pero antes de entregarla, sufrió tentación. Podemos enumerar algunas de ellas, en paralelo con las que nos acechan y que no entran en las listas que elaboramos para hacer examen de conciencia antes de confesarnos, cuando caemos en ellas.

Por ejemplo: la tentación de claudicar, la tentación del protagonismo, la tentación de la efectividad, el miedo aFederación San José de Guadalupe, Méx. quedarnos solos, la duda ante el desconcierto y el riesgo, la tentación del poder, la imagen, el amor propio, el culto de sí mismo, el de reclamar nuestro tiempo personal – el Papa Francisco enumera algunas en la EG 76-109. Uno muy grave que hoy nos aqueja es el de querer imponer el Reino a la fuerza.

El Papa Francisco nos advierte en la Carta a los consagrados, de la tentación a huir (p.18). También, frente a la tentación de la desesperanza, nos exhorta a mantener vivas las utopías (p. 19).

Po otro lado, Jon Sobrino (p. 335) nos habla de lugares teológicos a los que podemos regresar, donde podemos experimentar la debilidad, para remover la tierra y dejar que brote en ellos la esperanza y la alegría del Evangelio:

• Estar en la frontera de las situaciones difíciles y de peligro.
• El desierto de la soledad, la falta de raíces permanentes, propias, familiares, afectivas, etc.
• En la periferia de la renuncia al prestigio y al poder, a la seguridad que dan los bienes y las instituciones.

Allí es donde damos testimonio del enviado del Padre, como su Esposa Iglesia.

III. EL PROFETISMO DE NUESTROS FUNDADORES.
1. Los fundadores, personas de Dios.

En términos generales, estamos ciertos que nuestros fundadores son personas de una experiencia de Dios, y una pertenencia a él consolidadas. No es casual ni gratuito que nuestra tendencia a canonizarlos sea la norma. Porque es una memoria de su fidelidad al Señor, o mejor, de la fidelidad del Señor a ellos y a sus fundaciones; a su entrega, y el reconocimiento de su ejemplo para seguir a Cristo en las distintas necesidades de los pobres, en los distintos momentos de la historia. En efecto, muchas congregaciones han nacido para atender las necesidades de los indigentes, o las carencias sociales que los gobiernos o las sociedades no respondían.

No tenemos duda en seguir a los fundadores, porque sabemos que no es a ellos a quienes seguimos, sino al Camino del Padre, que es Cristo. De hecho, los primeros seguidores vieron en ellos un ejemplo de algo que encendía sus propios corazones, y sintieron la atracción de seguirlos porque el Espíritu ya los había cubierto con un mismo carisma.

El carisma que Dios infundió a los fundadores, ellos nos lo transmiten como vasos comunicantes. El carisma como don viene del Espíritu, no de ellos, pero a través de ellos sabemos cómo acogerlo como comunidades, y cómo expresarlo, vivirlo, actualizarlo, siempre en la novedad del Espíritu en los tiempos, y de acuerdo a la personal creatividad, habilidades, riqueza, carácter y personalidad, para responder desde la pluralidad en la unidad, a las necesidades sociales vigentes en los tiempos.

2. Los fundadores son personas de la Palabra.

Cualquier instituto de vida consagrada conserva como herencia del fundador sus palabras y enseñanzas. Estas brotan desde luego permeadas de su experiencia, de sus inquietudes, motivaciones, descubrimientos, pero sobre todo del contacto asiduo de su meditación de la Palabra.

No concebimos a un fundador que no sea orante, ni que su oración prescinda de la lectura de la Biblia. Porque en la Palabra, ellos siempre adquirieron fuerza y luces para poder acometer su misión. 2Tim 3,14-17 dice entre otras cosas: “Recuerda que desde niño conoces la Sagrada Escritura… Toda Escritura es inspirada y útil para enseñar, argumentar, encaminar e instruir en la justicia. Con lo cual el hombre de Dios estará formado y capacitado para toda clase de obras buenas.”

Es como si a través de su meditar día y noche la Ley del Señor, fueran preñándose de la Palabra; como si el Verbo se engendrara en ellos, y por su testimonio y entrega de fe, lo engendraran en nosotros, como Pablo en Tit 1,4: “a Tito, mi hijo legítimo en la fe común”.

Por medio de la Palabra pudieron responder a las necesidades particulares de la Iglesia, o de las iglesias particulares, como lo podemos ver en la Vita Antonii, de San Atanasio (por citar un caso muy reconocido).

Lo que mueve fundamentalmente a una persona a fundar, no es una inquietud personal, ni una revelación privada, ni tan solo la convergencia de sus situaciones de vida para desarrollar la sensibilidad ante una necesidad social, sino sobre todo es el deseo de Dios que se le va dibujando en el corazón a través de su Palabra.

Como si la Palabra les atravesara el alma, y en esa herida de amor de la Trinidad en su interior, se les comunicara la solicitud por las necesidades de los seres humanos, infundiéndoles compasión, misericordia, solidaridad y generosidad para comprometerse con los pobres de la tierra. Y la autenticidad para llevar a cabo esa misión, la confirmara la comunidad, a través de la convergencia de otras personas que reciben esta inquietud sanadora y ese carisma para realizarla, y también a través de la confirmación de la comunidad eclesial. Porque una fundación no nace del deseo de la carne, sino de las entrañas del amor de Dios.

3. Los fundadores como fuente de crisis.

Revisando la historia de la vida religiosa, podemos constatar que los fundadores han surgido en momentos difíciles, particularmente de guerra, de persecución; cuando la Alianza con Dios comienza a ser olvidada, cuando el ser humano, cuando la Esposa, lo deja de mirar. Pero también surge cuando hay situaciones sociales, culturales, epocales, en que la sociedad y el pueblo parecen perder la brújula.

Por ejemplo, hoy, que ya ni un nombre podemos poner a nuestra época (Modernidad, Postmodernidad, New Age, Transmodernidad, y todo lo demás que se nos ocurra), en la que experimentamos una pérdida de identidad, de valores, de humanidad, es tiempo de volver los ojos a Dios, para que reconociendo a nuestro Padre, podamos recuperar la dignidad de nuestra filiación, y volver a beber de la fuente de agua viva de la que hemos nacido.

Cuando un fundador y su comunidad comienzan su misión, se vuelven símbolos de una carencia social que el Estado o la sociedad tienen descuidado, y a la vez de algo nuevo que surge como alternativa. Muchas misiones de la vida consagrada están en los terrenos más olvidados por el sistema, y que se vuelven testimonio eficaz del amor de la Iglesia por el mundo y la humanidad.

Es increíble ver como en la cúspide del progreso los sistemas ignoran tantos clamores de los representados por los gobiernos, y literalmente ignorados por el mundo. Lo vemos hoy en los refugiados, a quienes se les cierran las fronteras en los países desarrollados, o cuando se les abren, a veces se debe a la oportunidad económica que representan para esos países.

El compromiso de estas “comunidades primitivas”, de los fundadores, son germen de lo que es un fiel reflejo de la gratuidad de Dios, que cuida a los menesterosos de este mundo, a través de las manos, el pecho y el corazón de su Esposa, la Iglesia. Porque la misión no es un deber ni una tarea condicionados por un premio o una gratificación, sino la alegría de compartir el gozo de la misericordia del Señor.

Descubrimos en el compromiso de nuestros fundadores, el Reino escondido en sus corazones, a través de la generosidad de su consagración, la solidaridad con los necesitados, y la curación con que el Padre vuelve a hacerse presente en este mundo. Podemos decir de los fundadores que son como nuevas encarnaciones de Dios entre los pobres (vid. Mt 25,31-46).

Ciertamente que cuando las personas o las sociedades se topan con este testimonio, no pueden continuar iguales: o se solidarizan con las comunidades de los consagrados, o pasan de largo indiferentes, como en el pasaje del Samaritano (Lc 10,25-37). Pero el compromiso con los pobres, ya es signo elocuente de la miseria de los sistemas de este mundo. Y los que siguen a las piedras fundadoras, son como los discípulos que se comprometen con una manera concreta de anunciar el Evangelio, que se torna en piedra angular o piedra de tropiezo (1Pe 2,7-8).

4. El testimonio profético de los fundadores desde la debilidad.

Parece ser un sello de autenticidad divina de una fundación, la aparición de obstáculos y resistencias. No se da la misión sin la cruz, como tampoco se da la Cruz de Cristo sin la Resurrección.

Como si a través de las contrariedades, Dios nos diera a entender que él está realizando la obra abriéndose paso en medio de las aguas de las dificultades. No son circunstancias para desanimar al iniciador, sino para probar su confianza y fidelidad, y para mostrar lo que Dios es capaz de hacer a través de nuestras manos vacías.

Por otro lado, ¿quién de nosotros no se admira de las Misioneras de la Caridad fundadas por Santa Teresa de Calcuta? ¿Cómo pudo aventurarse esta mujer en tan magna tarea? No con dinero, sino con amor. Porque en la debilidad se revela la fuerza de Dios. Cuando somos débiles, somos fuertes (2Co 12,9-10). Porque todo lo podemos en Aquel que nos conforta (Flp 4,13).

La vida consagrada no da testimonio de sí misma, sino de la presencia de Dios entre nosotros, dentro de este mundo, atravesado de hambre y de esperanza.

La debilidad de la vida consagrada es como una metáfora de la “indigencia” de Dios oculta en el rostro de los pobres; de la debilidad y locura de Dios, porque su debilidad es más fuerte que nuestra capacidad, y su locura es más sabia que nuestra sabiduría. Para que cuando el mundo nos conozca, reconozca a Aquel que nos ha enviado. Porque Dios ha escogido lo necio del mundo para confundir a los sabios, lo despreciable y lo que no es, para reducir a la nada lo que es (1Co 1,27-28).

5. Los fundadores como otros Cristos.

No podemos explicarnos la integridad ni la abnegación de nuestros fundadores, si no es a través de la mirada de la fe. No es creíble que pudieran realizar lo realizado si no hubiese estado con ellos el Señor, pero tampoco hubiera sido posible sin la respuesta generosa de ellos al llamado amoroso suyo. Son un testimonio de la capacidad que dio Dios a los hijos de hombre para realizar lo que él realiza (vid. Mt 9,8; Jn 14,12), porque un hijo obra como su padre (Jn 8,41; 5,19).

Son como Cristo, Verbo encarnado, que nos muestra cómo un hijo de Adán ha recibido la capacidad de conversar no menos que con Dios; cómo cuando escuchan al Padre, son cubiertos por su mano, y recibiendo el amparo de la Sombra del Omnipotente, pueden realizar las obras del Padre, o comunicarse con el lenguaje de Dios, que es callado amor efectivo. Porque quien escucha a Cristo, única Palabra del Padre, se vuelve su madre, y su hermana y hermano (Mc 3,34), y así ya no vive él, sino Cristo en él (Gal 2,20).

Por eso agradecemos al Padre, que siga engendrando en nosotros y entre nosotros, a su amado Cristo. Que resucite en cada uno de nosotros, su Iglesia, su cuerpo, su amada Esposa, para darse a conocer al mundo y nos conduzca a la vida eterna, que es conocer al Padre y a su enviado (Jn 17,3), para gloria suya.

Autor: Hno. Tomás Ostos Ríos OCD

BIBLIOGRAFÍA.

Documentos pontificios:

Exhortación apostólica Evangelii Gaudium del Santo Padre Francisco (EG), 24 de noviembre de 2013.

Carta apostólica del Santo Padre Francisco A todos los consagrados con ocasión del año de la vida consagrada, 21 de noviembre de 2014.

CIVCSVA. Escrutad… 8 de septiembre de 2014.

Otras publicaciones:

Severino María Alonso, CMF. El patrimonio espiritual de un instituto de vida consagrada. Vivencia comunitaria del carisma.

Juan María Lozano, CMF. Fundador.

Camilo Maccise. “Vocación Profética del religioso”, en Cammini di libertá. Edizioni OCD, Roma, 2003, pp. 217-229.

Camilo Maccise. “Vocación Profética del religioso” en “Testimonio”, 108 (1988), Santiago de Chile, pp. 14-23.

Asterio Niño, CMF. Identificar al fundador.

Jon Sobrino. Resurrección de la verdadera Iglesia. Sal Terrae, Santander, 1981.