Autor: Fr. Luis Hernando Alzate R. OCD
Provincia Santa Teresita del Niño Jesús
Colombia

“Aquí está la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra,
Y se realizó el mayor de todos los misterios.
Y al bajar el Verbo a ella,
María se convirtió para siempre en posesión de Dios”
[Isabel de la Trinidad, Cielo en la Fe, 39]

En la experiencia mística el Ser llama en sentido pleno y propio, pues tanto en la ciencia como en la filosofía y la poesía, la personalización del Ser es sólo impropia y relativa. En sentido estricto sólo llama Alguien a alguien. En la vivencia mística, el Ser que llama es experimentado como Alguien que invoca directamente a la existencia concreto del más profundo sí mismo personal del místico. Y el pensamiento en el que este último recoge la llamada se identifica con la totalidad de su existir, en cuanto se concentra en la actuación de las posibilidades más radicales de su poder escuchar.

El alma del místico, más allá de la imagen y del concepto, es el lugar de la presencia del Absoluto: nada de su ser escapa a la vibración de aquella presencia. Si el hombre es entendido como el ser que se excede a sí mismo, en el acto místico se cumplen las posibilidades últimas del excederse de que es capaz un ser finito. En este exceso no se trata de la trascendencia alcanzada en un poema cuya significación apunta al absoluto, ni de la trascendencia del acto libre por el que uno se trasciende a sí mismo en la figura de un proyecto de vida, sino que se trata de la irrupción libre y gratuita del Trascendente en el alma del hombre, en virtud de la cual una criatura finita se instala en el espacio de los designios de Dios.

La presencia del Absoluto no es recibida en una imagen, deseo o concepto, sino que la existencia humana es recibida en la Existencia divina y puesta en la situación de poder vivirlo todo en Dios. Aquellos seres que fueron elevados a semejante experiencia no pueden eludir la fuerza que los impulsa a comunicar lo vivido en el acto místico. La experiencia del Absoluto no puede abolir la sustancia terrena que afecta a la esencia del hombre-místico; la humanidad lo sigue reclamando como a uno de los suyos y aguarda la noticia de su visión. Ahora debe articular en palabras mortales un contenido inmortal, hablando divinamente de cosas divinas a los humanos. El lenguaje poético suele ser el medio que los místicos utilizan para comunicar sus visiones, y si el vidente, además de pertenecer a la estirpe angélica, goza de la predilección de las musas, entonces surgen las palabras más nobles que pueden ser dichas en ese ámbito de mortalidad. La palabra poética, debido a su mayor plasticidad significativa, al halo de evocaciones y sugerencias que despiertan y a los matices emocionales que suscita, se presta con docilidad a la simbolización de lo indecible. Pero, lo visto por el místico más allá de imágenes y conceptos, necesariamente se ensombrece cuando se articula en los moldes de la una voz humana.

La palabra del místico, pese a su aparente fragilidad con que se presenta, es el verbo más potente cuando se le considera a partir de sus posibilidades operativas. Escuchada y aceptada por los hombres, puede cambiar radicalmente la suerte de la humanidad. Pero la operatividad de la palabra mística difiere radicalmente de la operatividad de la palabra del científico y de la palabra del poeta.

Cuando la palabra del místico resuena, lo divino se vuelve concreta y existencialmente accesible al corazón de los mortales. La humanidad, proclive a ser lanzada constantemente hacia un futuro inmanente al tiempo, experimenta, en virtud de la palabra mística, una apertura directa a la trascendencia. H. Bergson dice, hablando de los místicos cristianos, que ellos, una vez que escucharon la voz de Dios y que fueron iluminados con su presencia, descienden a la tierra de los hombres, con una sobreabundancia tal de energía divina que, en el caso de ser oídos, el destino de la humanidad cambiaría de un modo radical. La palabra del místico, convertida en acción, obra divinamente en la sustancia de este mundo y forcejea para levantar el peso animal de nuestra especie hasta lo divino. De la mano de las místicas del Carmelo nos aventuramos a navegar en las profundas aguas del “Misterio” para ofrecer a este mundo nuestro, un motivo para seguir esperando, para seguir creyendo, para seguir amando.

Con Isabel de la Trinidad, nos sumergimos en el misterio de la Encarnación

Isabel de la Trinidad“Madre del Verbo, dime tu misterio./Desde el instante de la Encarnación,/dime cómo pasaste por la tierra/sumergida en constante adoración./Envuelta en una paz indescriptible,/misterioso silencio en derredor,/en el Ser insondable penetraste,/mientras llevaste en ti “el don de Dios” [Poesía 88]

El “ser pertenencia de Dios” subraya lo que para Isabel es uno de los grandes misterios que envuelve el ser de María. El “ser pertenencia de Dios” va de la mano con “hacer la voluntad del Padre”. María es, de esta manera, modelo de todo hombre y mujer que buscan realizar la voluntad del Padre y vivir siempre en ese ámbito de divinidad. Aquí radica el secreto para comprender el misterio mismo de Dios que quiere encarnarse en cada ser humano: “Por la noche me instalé en el coro y allí me la pasé toda en vela con la Santísima Virgen esperando al divino Niño, que esta vez ya no iba a nacer en un pesebre, sino en mi alma, en nuestras almas…” [Carta 187].

María nos ayuda a abrirnos a la posibilidad de la “transformación-conversión por medio de la Encarnación, no como un hecho puntual en la historia de la humanidad, sino como un hecho que se vuelve “repetitivo y actual” en cada ser humano que se abre a la voluntad divina y acoge en su corazón gozoso el “fiat” de cada día. María nos enseña cómo abrirnos a este Misterio: “Déjate tomar por entero, déjate invadir completamente por su vida divina, para dársela tú a ese querido pequeño que llegará al mundo lleno de bendiciones. ¿Te imaginas lo que ocurriría en el alma de la Virgen cuando, después de la Encarnación, llevaba dentro de sí al Verbo Encarnado, al Don de Dios…? Con qué silencio, con qué recogimiento, con qué adoración se sumergiría en lo más hondo de su alma para estrechar a aquel Dios del que era Madre” [C 183].

El misterio de la Encarnación es una realización conjunta de las tres divinas Personas que operan en lo más profundo del alma. La actitud propia del Padre es la de “inclinarse” ante la criatura: “El Padre, al inclinarse sobre esta criatura tan bella y tan desconocedora de su belleza, quiso que fuera la Madre en el tiempo de Aquel de quien Él es el Padre en la eternidad. Vino entonces sobre ella el Espíritu de amor que preside todas las operaciones divinas, la Virgen pronunció su “fiat” [CF 39].

Para Isabel es el “fiat” lo que constituye a María en la auténtica discípula de su Hijo, en la primera gran imitadora de Jesús: “Su oración, como la de Él, fue siempre ésta: ¡Ecce, aquí estoy! ¿Quién? “La esclava del Señor”, la última de sus criaturas. ¡Ella, su Madre” [UE 40]. Es así como el “fiat” de María y nuestro propio “fiat” –que no ha de ser otro distinto- se hace visible configurando un modo de ser y de actuar propio de quien está dispuesto a vivir según la voluntad de Dios: la humildad y el olvido de sí.

Junto con el “fiat”, la actitud contemplativa es la que mejor define a la Virgen María. Isabel percibe que la gestación Maríadel Verbo en el seno de María se nos ofrece como la dinámica ideal de la vida interior: “Pienso que la actitud de la Virgen durante los meses que transcurrieron entre la Anunciación y la Navidad es el modelo de las almas interiores, de las personas que Dios ha elegido para vivir dentro de sí mismas, en lo más hondo del abismo sin fondo…” [CF 40].

La vida contemplativa debe ir siempre de la mano de la vida apostólica. La historia de María habla a favor de ello y así lo entiende Isabel: “Cuando leo en el Evangelio que ‘María se fue a prisa a las montañas de Judea´, para cumplir un deber de caridad con su prima Isabel, la veo caminar tan bella, tan serena, tan majestuosa, tan recogida en su interior con el Verbo de Dios…” [UE 40]. Esto viene a significar que la actitud de servicio en la caridad, no nos debe alejar de nuestra unión íntima con el Verbo sino, por el contrario, acelerar esta unión.

En María, se realizan de forma eminente estas dos dimensiones e igualmente en nosotros si verdaderamente nos disponemos; es decir, María nos modela a ejemplo del Verbo encarnado, porque nadie como ella ha penetrado en las profundidades del misterio. Isabel está convencida de que esa realidad es modélica para cada creyente. Aunque las siguientes palabras son dirigidas a un sacerdote, bien podrían aplicarse a cualquier creyente: “Bien puede usted cantar su “Magnificat” con la Virgen y saltar de gozo con Dios su salvador, porque el Todopoderoso hace en usted cosas grandes y su misericordia es eterna…Después, como María, ´conserve todo eso en su corazón´ y acérquelo al de ella, porque esta Virgen sacerdotal es también la Madre de la divina gracia…” [C 232].

María es la mujer del silencio y sólo en silencio se concibe al Verbo. “Para conseguir ese ideal, es preciso permanecer recogidos en nuestro interior y vivir en silencio en presencia de Dios, mientras el alma se abisma, se dilata, se inflama y se funde con Él, con una plenitud sin límites de ninguna clase” [CF 25]. Quien favorece en sí la soledad y el silencio se va preparando para acoger al misterio y hacerlo vida: “Para que nada me saque de este hermoso silencio interior: siempre la misma disposición, el mismo aislamiento, la misma separación, el mismo desprendimiento. Si mis deseos, mis temores, mis gozos o mis dolores, si todos los actos que proceden de estas cuatro pasiones no están perfectamente orientados hacia Dios, no seré un alma solitaria, habrá ruidos en mí. Por lo tanto, necesito el sosiego, el ´sueño de potencias´, la unidad de todo el ser” [UE 26].

En esta dimensión, el alma que favorece en sí la soledad y el silencio –al estilo de la Virgen María- está creando un espacio interior para que “nazca” Dios, para que se produzca la plena comunión con Él: “Al ver el Creador el hermoso silencio que reina en su criatura y al verla totalmente recogida en su soledad interior, queda prendado de su hermosura y la introduce en esta soledad inmensa, infinita, en ese ´lugar espacioso´ que no es otro que Él mismo” [UE 27].

El misterio de la Encarnación nos descubre la sed infinita que siente el hombre en su interior y que no puede ser saciada más que con Dios, quien ha provocado en nosotros la sed para que busquemos la fuente capaz de saciarla: “Él abre abismos en mi alma, abismos que sólo Él puede llenar. Por eso me lleva a silencios profundos de los que ya no quisiera salir jamás” [C 190]. Dios es el abismo en el que podemos perdernos sin miedo: “¡Qué bueno ha sido Dios conmigo! Es como un abismo de amor en el que me pierdo, en espera de ir a cantar en el cielo las misericordias del Señor…” [C 208].

Con Teresita, recorremos el camino de la pequeñez y del abandono

Sin duda alguna, el gran misterio de la Encarnación es el misterio de la “pequeñez”: el Dios “grande” que se hace “pequeño” para ser arropado en los brazos del ser humano. Misterio inigualable de amor y de humildad.

En el Evangelio, el niño no aparece como símbolo de inocencia. El niño es para Jesús, símbolo de un ser pobre, sin tesoros, sin derechos, dependiente totalmente de la bondad de sus padres. Recibe todo sin poder exhibir un título legal, que le acredite un derecho, que lo capacite para presentar una reclamación. Es un ser “despojado”; es pura “receptividad”. Es el que no da nada. Esta situación de pobreza es la mejor condición para reconocer la gratuidad de todo cuanto se le otorga.

Santa Teresita Del Niño JesúsTeresita llega a la comprensión de que Dios quiere dar todo gratuitamente. La figura del niño, tomada del Evangelio, se le presta perfectamente para entender, practicar y explicar lo que Dios nos pide: hacernos como niños. En cierta ocasión, una de sus hermanas le pidió que le explicara qué entendía por permanecer niñita a los ojos de Dios. Le respondió en estos términos: “Es reconocer uno su propia nada, esperarlo todo de Dios como un niñito lo espera todo de su padre; es no preocuparse de nada, no ganar dinero. Aun en las casas de los pobres, se le da al niño lo que necesita; pero en cuanto se hace mayor, su padre se niega ya a alimentarle, y le dice: ahora trabaja, puedes bastarte a ti mismo. Yo no he querido crecer, precisamente por no oír eso, sintiéndome incapaz de ganarme la vida, la vida eterna del cielo…Ser pequeño significa, además, no atribuirse a sí mismo las virtudes que se practican, creyéndose capaz de algo, sino reconocer que Dios pone ese tesoro en la mano de su niñito para que se sirva de él cuando lo necesite; pero es siempre el tesoro de Dios. Por último, es no desanimarse por las propias faltas, porque los niños caen a menudo, pero son demasiado pequeños para hacerse mucho daño” [UC 6.8.8].

Podemos afirmar que en Teresita, la pequeñez implica, fundamentalmente, dos cosas: en primer lugar, al pequeño le toca realizar obras que externamente y hasta humanamente tienen poco relieve. Por lo tanto, Dios no los acepta y premia por lo que valen en sí objetivamente: “El mérito no consiste en hacer mucho o en mucho dar, sino en recibir, en amar mucho” [Carta 121]. Dios aprecia la actitud, el amor de quien acepta esa misión tan poco atractiva y gratificante: “Para ser suyo [de Jesús] hay que ser pequeño como una gota de rocío. ¡Oh, qué pocas almas que aspiren a permanecer así de pequeñas” [Carta 120]. En segundo lugar, el pequeño es incapaz de dar nada, ya que no posee. Eso le obliga a humillarse y aceptar todo como don, como gracia y no como remuneración.

Los variados textos en que Teresita menciona la “pequeñez” dan a entender que reconoce y acepta la propia, invita a los demás a que adopten esa misma actitud. Cada vez que constata que se produce una acción importante de Dios en ella, o pide y espera que Dios intervenga a su favor, se da cuenta de que necesita sentirse pequeña y presentarse en esa actitud ante él. Así podrá realizar su obra gratuita. Por ejemplo, cuando dice a la M. María de Gonzaga que espera llegar a la santidad, aunque aun se ve lejos, le comunica que ha descubierto un “caminito muy nuevo”. Para describirlo se le ocurre la imagen del ascensor, que dispensa de tener que subir los peldaños de la escalera. Camino corto, para lo que queda de vida, y posible, pues evita la dificultad insalvable, pues es demasiado pequeña, para subir la ruda escalera de la perfección [Carta 229].

Encuentra, una vez más, en la Escritura la legitimidad del hallazgo: “Si alguno es pequeño, que venga a mí” [Prov 9, 4]. Entonces exclama: “Jesús, el ascensor, que me ha de elevar al Cielo, son vuestros brazos. Y para eso no necesito crecer, al contrario, tengo que permanecer pequeña, hacerme cada vez más pequeña” [C 3r]. Esta pequeñez, no puede sino ir acompañada del amor, de la confianza y del abandono y también implica la entrega incondicional en los brazos de Dios. El que no acaba entregándose en los brazos de Dios no está vitalmente convencido de su amor, ni él lo ama ni se fía plenamente de él.

Desde el momento en que Dios se ha determinado a entablar con nosotros relaciones de amor y quiere hacernos partícipes de su vida de amor y confianza mutua, nuestra manera de corresponder, de darse a él, tiene que ser la de la confianza y la del abandono en sus brazos como el niño que se pone en los brazos de su madre sin razonar, sin exigir nada, nada más que le sostenga y le abrace.

1249357788393_fEste rasgo misericordioso de Dios causa admiración en Teresita. Pero ella contempla en Él otra característica, que realmente le fascina: Dios mendiga nuestro amor. “Yo sé que mis suspiros y mis lágrimas/te encantan, Señor./Los serafines forman en el cielo/tu corte y sin embargo/tú vienes a buscar mi pobre amor” [P 33, 6; Carta 124]. En la misma carta, en la que da cuenta de su último descubrimiento, explica a su hermana que la iniciativa es de Dios, que Jesús quiere dar, y que “la perfección consiste en hacer su voluntad” y que “hay que amarle sin mirarse a sí misma, sin examinar demasiado los propios defectos”.

A partir de esta fecha, se ve que ha descubierto o comprendido cómo se desarrolla el plan de Dios y cuál tiene que ser la actitud de la criatura en sus relaciones con él. Una vez que sus deseos se han visto colmados, cuando ha entrado ya en la recta final de su camino respecto a esta interpretación del modo de ser y de proceder de Dios, su situación es esta: “No tenga ya ningún deseo, si no es el de amar a Jesús con locura…es el amor lo único que me atrae…Ahora sólo me guía el abandono, no tengo otra brújula…Ya no puedo pedir nada con pasión, excepto que se cumpla perfectamente en mi alma la voluntad de Dios” [C 128. “Abandonarse en Dios o en los brazos de Jesús” C 121.122.123.144.197.203.235]. Cuando uno está plenamente convencido de que Dios lo ama, cree en su amor y se entrega confiadamente a él, se deja conducir por él, nunca le llama la atención para indicarle que desea esto o lo otro. Le deja a él la libertad de elegir lo que le plazca [C 91].

Con Teresa de los Andes, en intimidad con Dios

Santos del CarmeloEse diálogo ininterrumpido tiene un nombre, es la vivencia de un encuentro y se llama intimidad. Comenzó el día de su primera comunión: “No es para describir lo que pasó por mi alma con Jesús…Y por primera vez sentí una paz deliciosa” [D. 6]. Desde entonces quiso que su vida fuera eso, un encuentro permanente con Él: “Quiero vivir con Jesús en lo íntimos de mi alma” [D. 28]. Teresa tiene plena conciencia de la presencia de Dios en sí misma. Y también de su impotencia y de su incapacidad para todo sin Él. Y afirma audazmente: “Allí [en el fondo de mi alma] habita mi Jesús y no lo dejo salir” [D. 32].

No le resulta a Teresa difícil acudir a un símil o a una comparación para expresar la percepción de Dios en su alma. Y acudió a una familiar y sugestiva: el alma es la “casita de Dios”, en ella trabaja Cristo y nosotros con nuestros actos le damos material para formar su imagen. Es una hermosa tarea hacer del alma una “casita, donde conservaremos a nuestro Señor” [C 13]. Esta imagen se la ha sugerido Isabel de la Trinidad, con quien reconoce tener un gran parecido espiritual [D. 28].

Esta celda interior es un espacio privilegiado de silencio que no se debe interrumpir ni alterar para que el alma “viva allí con Jesucristo en una continua adoración y reparación amorosa” [C 44]. Y en ese recinto sagrado encontró ella la paz que nadie puede turbar: “Sin embargo, el alboroto no entra en la celda de mi alma. Allí está sólo mi Jesús” [C 92].

Soy de Dios, ya que Él me creó. Debo vivir sólo para Dios. Al traerme Dios al claustro me atrajo a esta vida en Él, ya que el claustro es antesala del cielo y en éste sólo Dios existe para el alma. El claustro está todo penetrado de Dios. Es la morada de Él.

Para Teresa es fundamental el “recogimiento interior” a todas horas. Este recogimiento interior ayuda al exterior,Oración que consiste en permanecer en presencia de Dios. Esta presencia de Dios debe ser como mejor le acomode al alma. Así pues, si tú te unes a Jesús Sacramentado, está muy bien, pues no se debe esforzar al alma para conseguir otra presencia de Dios. Entonces traigan en su ala a Nuestro Señor y represénteselo ya como niño, o ya como crucificado o resucitado. Sin embargo, les aconsejo lo traigan en sus almas; así se sentirán más unidas a él, como si estuvieran en Él o con Él, y esa mirada del alma a su Esposo la inflama de amor. A todas horas puede mirarlo. Esa vista de Jesús la pacificará si esta exaltada, la fortalecerá si está abatida, la recogerá si está disipada.

Finalmente, Teresa comprenderá que sólo en soledad y en intimidad, Dios habla a su corazón y, como tal, debe disponerse para ello, olvidarse de sí misma y dejarse arrastrar por el corazón enamorado del Salvador. “La llevaré a la soledad y allí le hablaré a su corazón”. Me retiro con Él en lo íntimo de mi alma y allí, como en otro Nazaret, viviré en su compañía.

Con Teresa Benedicta de la Cruz, vivimos el misterio de la navidad

Edith Stein Cuando los días se hacen cada vez más cortos, cuando comienzan a caer los primeros copos de nieve, entonces surgen tímida y calladamente los primeros pensamientos de Navidad. Y de la sola palabra brota un encanto, ante el cual apenas un corazón puede resistirse. Incluso los fieles de otras confesiones y los no creyentes, para los cuales la vieja historia del Niño de Belén no significa nada, se preparan para estas fiestas pensando cómo pueden ellos encender aquí o allá un rayo de alegría. Es como si un cálido torrente de amor se desbordase sobre toda la tierra con semanas y meses de anticipación. Una fiesta de amor y de alegría –esta es la estrella hacia la cual caminamos todos en los primeros meses del invierno. Para los cristianos y, en especial para los católicos, tiene un significado mayor. La estrella los conduce hasta el pesebre donde se encuentra el Niño que trae la paz a la tierra. El arte cristiano nos lo presenta ante nuestros ojos en innumerables y tiernas imágenes; viejas melodías, en las cuales resuena todo el encanto de la infancia, nos cantan de él.

En el corazón del que vive con la Iglesia se despierta una santa ansia con los cánticos del Adviento; y en aquel que esté abierto al inagotable manantial de la santa liturgia, palpitan día a día las exhortaciones y promesas del profeta de la Encarnación: “Cielos, destilad el rocío; nubes, lloved al justo”, “El Señor está cerca: Venid adorémosle”, “Ven, Señor, no tardes”, “Alégrate, Jerusalén, exulta de gozo, porque viene tu Salvador”.

Desde el 17 hasta el 24 de diciembre resuenan las solemnes antífonas “Oh” del Magnificat, cada vez más ansiosas y fervorosas: ¡Oh Sabiduría!; ¡Oh Adonai!; ¡Oh Raíz de Jesé!; ¡Oh Rey de los pueblos!; ¡Oh Emmanuel!. Y cada vez más prometedor resuena: “He aquí que todo se ha cumplido; y finalmente: “Hoy veréis que el Señor se acerca y mañana contemplaréis su grandeza”. Precisamente cuando al atardecer se encienden las luces del árbol y se intercambian los regalos, una nostalgia insatisfecha nos impulsa todavía más hacia el resplandor de otra luz, hasta que las campanas tocan a la misa del gallo y el misterio de la Nochebuena se renueva sobre los altares cubiertos de flores y de luces: “Y el Verbo se hizo carne”. Entonces es el momento de la gozosa plenitud: “Hoy los cielos se han hecho melifluos para todo el mundo”.

Todos nosotros hemos sentido alguna vez una tal felicidad en la Nochebuena. Pero todavía el cielo y la tierra no se han unido. La estrella de Belén es, todavía hoy, una estrella en la noche oscura. Dos días después de la solemnidad de la Navidad se quita la Iglesia las festivas vestiduras blancas y se reviste del color de la sangre; y al cuarto día del morado de la tristeza: Esteban, el Protomártir, el primero que siguió la Señor en el martirio y los Niños Inocentes, los bebés de Belén y de Judá, brutalmente degollados en las manos de crueles verdugos, son el séquito del Niño en el pesebre. ¿Qué quiere decir todo esto?¿Dónde ha quedado el júbilo de los ejércitos celestiales?¿Donde la sosegada felicidad de la Nochebuena?¿Dónde la paz sobre la tierra? ¡Paz en la tierra a los hombres de buena voluntad! Pero no todos tienen buena voluntad. Precisamente por esto el Hijo del Padre Eterno tuvo que bajar de la gloria del cielo, puesto que el misterio de la maldad había cubierto de noche la tierra.

Las tinieblas cubrían la tierra y él vino como la luz que alumbra en las tinieblas, pero las tinieblas no lo recibieron. A aquellos que lo recibieron, les trajo Él la Luz y la paz: la paz con el Padre Celestial y la profunda e íntima paz del corazón; pero no la paz con los hijos de las tinieblas. El Príncipe de la paz no les trae a ellos la paz, sino la espada. Para ellos es Él piedra de escándalo, contra la cual chocan y se estrellan. Esta es una verdad seria y de peso que no debemos encubrir con el poético encanto del Niño de Belén. El misterio de la Encarnación y el misterio del mal permanecen estrechamente unidos.

NavidadLa Luz que ha bajado del cielo contrasta con la noche del pecado de forma tanto más oscura e inquietantemente. El niño del pesebre extiende sus bracitos, y su sonrisa parece decir ya lo que más tarde pronunciarán los labios del hombre: “Venid a mí todos los que estáis fatigados y agobiados y yo os aliviaré”. Y son los que siguen su voz: los pobres pastores, a quienes el resplandor del cielo y la voz del ángel anunciaron la Buena Noticia en las campiñas de Belén y que confiados se dijeron: “Vamos a Belén”, y enseguida se pusieron en camino; los reyes que desde el lejano oriente habían seguido con la misma fe sencilla la maravillosa estrella; sobre ellos se derramó el rocío de la gracia de las manos del Niño y “se llenaron de una inmensa alegría”. Esas manos dan y exigen al mismo tiempo: vosotros sabios, deponed vuestra sabiduría y haceos sencillos como niños; vosotros reyes, entregad vuestras coronas y tesoros e inclinaos con humildad ante el Rey de Reyes; cargad sin titubeos sobre vosotros las fatigas, penas y sufrimiento que su servicio exige.

De vosotros, niños, que no podéis aun dar nada voluntariamente, las manos del verdugo toman vuestra tierna vida, antes casi de que haya comenzado. Ella no podría ser mejor empleada que en sacrificio por el Señor de la vida. ¡Sígueme!, así dicen las manos del Niño, como más tarde lo hablaran los labios del Hijo del Hombre. Así hablaron al discípulo que el Señor amaba y que ahora también pertenece al séquito del pesebre. Y san Juan, el joven con un limpio corazón de niño lo siguió sin preguntar a dónde o para qué. Abandonó la barca de su padre y siguió al Señor por todos sus caminos hasta la cima del Gólgota. ¡Sígueme! – esto sintió también el joven Esteban. Siguió al Señor en la lucha contra el poder de las tinieblas, contra la ceguera de la obstinada incredulidad, dio testimonio de Él con su palabra y con su sangre, lo siguió también en su espíritu, espíritu de Amor que lucha contra el pecado, pero que ama al pecador y que, incluso, estando muriendo, intercede ante Dios por sus asesinos.

Son figuras luminosas que se arrodillan en torno al pesebre: los tiernos niños inocentes, los confiados pastores, los humildes reyes. Esteban, el discípulo entusiasta, y Juan, el discípulo predilecto. Todos ellos siguieron la llamada del Señor. Frente a ellos se alza la noche de la incomprensible dureza y de la ceguera: los escribas, que podían señalar el momento y el lugar donde el Salvador del mundo habría de nacer, pero que fueron incapaces de deducir de ahí “el camino a Belén”; el rey Herodes que quiso quitar la vida al Señor de la vida. Ante el Niño en el pesebre se dividen los espíritus. Él es el Rey de los Reyes y Señor sobre la vida y la muerte. Él pronuncia su ¡Sígueme!, y el que no está con Él está contra Él. Él nos habla también a nosotros y nos coloca frente a la decisión entre la luz y las tinieblas.

Con Teresa de Jesús, aprendemos la alegría

Al fin y al cabo, esperar y preparar la venida del Señor, ¿qué sentimiento puede despertar en hombres y mujeres de fe que se sienten visitados por el Dios del cielo? Si estamos convencidos de que viene a nosotros Aquél que nos trae la salvación y la vida, ¿cómo podríamos no sentir una alegría profunda?

Camino de esperanzaCuando el profeta Isaías anuncia el retorno del exilio, y lo presenta como un camino que se abre a Dios para que acompañe al pueblo hacia la tierra que ahora volverán a ocupar y reconstruir, presenta esta venida del Señor como un estallido de alegría: “El desierto y el yermo se regocijarán…” Vale la pena sentir la alegría de su presencia cuando uno descubre y contempla experiencias de amor intenso, en uno mismo y en los demás: todos los esfuerzos al servicio de los demás, todo lo que hace que uno salga de sí mismo y descubra caminos de mayor generosidad, todas las iniciativas que crean esperanza, todos los ejemplos de constancia en el camino del Evangelio a pesar de las dificultades, toda la fe sencilla y a veces un tanto desconcertada que anida en el corazón de tantas personas, todas las buenas voluntades a veces tan poco reconocidas… En el interior de cada uno vale la pena sentir la alegría de su presencia que traspasa todo lo visible y actúa con fuerza en nosotros transformándonos, haciéndonos gustar un poco aquella vida suya que va más allá de todo lo que nosotros programamos y creemos.

En un “niño-Dios” se nos regala toda esta alegría y cualquier alegría que pueda añorar el corazón del hombre, siempre tan insatisfecho y, otras veces, tan triste. De la mano de Teresa de Jesús, hagamos la experiencia de la alegría que trae consigo la llegada del “niño divino” al corazón de todas las mujeres y los hombres de buena voluntad.

Santa Teresa de JesúsEn los escritos de la Madre Teresa es abundante y variado el léxico concerniente a este aspecto de la vida: alegría, gozo, contento, júbilo, deleite, gustos, risa, fiestas, recreación, regalo, consuelos, cielo… Teresa es la santa de la alegría y se acrecienta mucho más esta alegría en el presentimiento de su llegada. Ella lo cuenta y lo canta bellamente en sus poemas. No hay mejor manera de decir lo indecible y de susurrar lo indescifrable.

Teresa goza, de manera especial, con la celebración del adviento y la navidad. Se siente dichosa, abrazada y acogida por el misterio del Rey de los cielos que se abaja y nos mira en la candidez y dulzura de un niño. Teresa expresa su gozo y alegría en el hecho de sentirse salvada por este pequeño de Belén: “Hoy nos viene a redimir/un Zagal, nuestro pariente,/Gil, que es Dios omnipotente”.

El misterio de la encarnación le habla a Teresa de la humildad y asentimiento de María ante la propuesta del Dios que se ha enamorado de su pequeñez. El fiat de la pequeña “zagala” –como llama Teresa a la virgen Madre- acrecienta nuestra alegría. Por medio de ella, Él ha querido habitar nuestra tierra y compartir nuestro destino: “Mi fe, yo lo vi nacido/de una muy linda zagala./Pues si es Dios ¿Cómo ha querido estar con tan pobre gente?/¿No ves, que es omnipotente?.

La alegría es una de las notas psicológicas más destacadas en la persona de Teresa. Su alegría es capacidad de disfrute y onda expansiva hacia su entorno. Teresa tiene en el rostro y en los ojos una risa contagiosa, que conserva fresca hasta los últimos años. La risa de quien se siente visitado por el Hijo del eterno Padre, la risa de quien se siente amado y, por lo tanto, salvado por el gesto benevolente del buen Dios: “Pues el amor/nos ha dado Dios,/ya no hay que temer,/muramos los dos”.

Teresa –como todos los místicos- entiende perfectamente que la vocación suprema del ser humano dada a través de la encarnación es la de “ser Dios”. Es este el mayor regocijo, la mayor alegría; es esta la gran noticia que llena de gozo y de júbilo el corazón del hombre: “Danos el Padre a su único Hijo:/hoy viene al mundo/en pobre cortijo./¡Oh gran regocijo,/que ya el hombre es Dios!/no hay que temer,/muramos los dos”.

Que esta “buena noticia” siga llenado nuestros días de la más gozosa alegría y que el misterio de la encarnación haga de nosotros, santos y santas que derrochen el gozo de saberse amados y visitados por el Dios del Cielo.