PRIMERA LECTURA: BARUC 5, 1-9
SALMO RESPONSORIAL: Del SALMO 125
SEGUNDA LECTURA: FILIPENSES 1, 4-6 .8-11
EVANGELIO: LUCAS 3, 1-6

Reflexión DominicalQueridos hermanos, la proximidad del Señor nos pone frente a la necesidad de la conversión. Conversión es la condición básica de una religión sincera; el punto de partida de cualquier renovación religiosa. La mejor preparación para la alegría de Navidad. Siempre que el mundo se ha renovado, la fuente ha sido la misma: la conversión.
Cuando Juan Bautista vino a preparar a su pueblo para que reconociese, amase y se alegrase con Cristo, exhortó: “¡Convertíos, porque está cerca el reino de los cielos!” Y ésta también fue la primera predicación de Jesús: “Ha llegado el tiempo, el reino de Dios está cerca; arrepentíos.” Y cuando los apóstoles, después de Pentecostés, predicaron por primera vez dieron el mismo consejo que su Maestro: “Arrepentíos y pedid perdón por vuestros pecados”.
No hay religión sincera sin conversión. Con el que cree que posee una religión, con el que se cree establecido, instalado en ella, con el que cree que tiene definitivamente razón, con ése no hay nada que hacer, estamos perdiendo el tiempo como Jesús con los fariseos. Muchas veces esta llamada a la conversión nos disgusta y nos molesta. Esta palabra en gran medida, ha desaparecido de nuestro vocabulario, como algo que no nos preocupa.
El verdadero motivo de ello es que no tenemos conciencia de ser grandes pecadores. Quizás tenemos la impresión de que en nuestra vida religiosa es Dios, en el fondo, el que tienen la culpa de las cosas. Nosotros somos abiertos, somos hombres de buena voluntad, no deseamos más que verlo y rezarle, conocerle y servirle. Es Él el que se esconde, es Él el que se encierra en un silencio incomprensible. Él no es como debería ser.
Entre Dios y nosotros se ha abierto un abismo. A veces estamos descontentos con Dios porque nos deja sufrir aquel fracaso, nos envía aquella prueba, aquella pérdida. O nunca llegamos a comprender, por qué no escucha aquella oración que hacemos con tanto fervor. Más y más, se han aumentado esos malentendidos y acabaron por formar ese muro que nos separa de Dios. todavía lo saludamos, le rezamos, somos cristianos, no nos gusta faltar a misa. Pero ya no hay confianza, ya no hay amor, ya no hay alegría. Dios desilusiona nuestras expectativas para abrirnos a sus esperanzas. Él nos niega la realización de nuestros planes apocados y angustiosos solamente por eso, para invitarnos a ser aventureros mucho más audaces, de lo que nos hubiéramos atrevido a soñar. ¡Tenemos que esperar todo de nuevo cada día!
¡Nada hay que Dios no sea capaz de hacer y Él quiere que vivamos de esa seguridad! Cada año Juan el Bautista trata de despertarnos, cada año nuestra Madre celestial nos recuerda que Dios se inclina a la pequeñez de su servidora. Cada mañana Dios es nacido nuevamente para nosotros y está esperando sin fin, hasta que lleguemos a creerlo. Él espera aún en nosotros, mientras muchas veces nosotros ya no esperamos nada de Él.
La mejor preparación para la Navidad, nuestra mayor apertura al gozo de Navidad sería entonces, ponernos de rodillas, golpearnos el pecho y confesar que es Dios el que ama, que es Dios el que sabe amar, que es Dios el que tienen razón. Si hay algo que no marcha, no es Él, sino nosotros, los responsables. Él ha hecho todo lo posible. Él ha llegado hasta el límite, para llegar a nosotros, para tocarnos, para llamarnos, para dejarse ver.
La Navidad, la venida de Dios en carne humana, la Encarnación, así es la gestión más audaz y más amorosa de Dios para entregársenos. Entonces, todas estas cosas de las que nos quejamos: esterilidad y pobreza de nuestra vida religiosa, silencio y soledad, alejamiento aparente de Dios, todo eso no es culpa de Dios. Nosotros somos los que no estamos en regla, nosotros somos los que tenemos que cambiar. Nuestros pecados, nuestras desconfianzas, nuestras negativas tantas veces repetidas a la aceptación de la voluntad de Dios, es lo que ha levantado la muralla que nos separa de Dios. Muchas veces no sabemos bien cuál fue nuestra falta, hasta después de recibir el perdón. Es entonces cuando descubrimos cómo faltábamos a la fe, al amor, a la confianza, a la prudencia y al respeto, a la sinceridad y al entusiasmo: cuando todas estas cosas nos las ha devuelto el perdón de Dios.
Por eso, a nosotros, los que rezamos en este Adviento, pero en el fondo sin esperar nada de Dios, a nosotros solamente una verdadera conversión, nos podrá disponer para recibir el don que Dios nos tiene prometido. Con estas condiciones solamente podrá en estas Navidades venir también hasta nosotros el Señor, en medio de la seguridad, del amor y de la Alegría ¡Qué así sea!

P. Fr. Antar Elías Chain ocd