PRIMERA LECTURA: SOFONÍAS 3, 14-18
SALMO RESPONSORIAL: ISAÍAS 12
SEGUNDA LECTURA: FILIPENSES 4, 4-7
EVANGELIO: LUCAS 3, 10-18
Reflexión DominicalSan Juan Bautista, la gran figura de Adviento, nos anuncia como todos los años la proximidad del Señor. Y como preparación a su venida en Navidad, nos invita a la conversión. Porque la conversión es posible para todos, incluso para los publicanos y soldados. Y, a la vez, es necesaria para todos, aun para los fariseos que se creen dispensados de ello.
El mensaje de Juan Bautista, en el Evangelio de hoy, es el siguiente: ¡Demostrad la conversión en obras! La verdadera conversión se traduce en el servicio dirigido a los hermanos, por ejemplo, compartiendo con ellos la comida o el vestido. Nadie tiene cosas sólo para sí mismo. Nadie se puede llamar dueño absoluto de sus bienes. Convertirse significa poner lo que uno es y tiene al servicio de los demás. Esta actitud se puede actualizar entre aquellos mismos hombres que parecen servidores de un estado o una situación injusta.
Los publicanos y los soldados de ocupación eran para Israel la expresión más viviente de la injusticia: Representaban la dictadura del dinero inmoral o del poder opresor. Pero Juan extiende también a ellos el llamado a la conversión siempre que no abusen de su ley, su situación y su fuerza, siempre que compartan lo que tienen con los pobres. Entonces, ¿qué debemos hacer nosotros? ¿Cómo podemos mostrar que nos hemos convertido realmente?
Pienso que Juan Bautista también a nosotros nos daría la misma respuesta del Evangelio: “El que tenga dos túnicas, que se las reparta con el que no tiene. Y el que tenga comida, haga lo mismo.” Y enseguida nos damos cuenta de que no se trata de un juego. Cada uno se ve despojado de su falsa buena voluntad, de su sentimentalismo religioso. Entra dentro de sí mismo y sabe que le va a costar convertirse. Todo queda reducido de pronto a una cuestión muy sencilla y muy dura: ¿Me atreveré a compartir todo lo mío con los demás? Hay una señal para saber si uno oye la palabra de Dios: que le haga daño, que le revele lo que no quería saber, que le alcance hasta aquel punto en que el se defiende con todas sus fuerzas.
“La palabra de Dios es viva y eficaz, más penetrante que espada de doble filo. Penetra hasta la raíz del alma y del Espíritu, sondeando los huesos y los tuétanos para probar los deseos y los pensamientos más íntimos”. (Hebr 4, 12) El mensaje de Juan Bautista resulta extrañamente contemporáneo, resuena con tanta fuerza y novedad en nuestro siglo como hace más de 2000 años. El problema fundamental sigue siendo el mismo: El hombre busca la causa de su malestar en la sociedad, en la Iglesia, en la economía, en los políticos… y cree que podrá encontrar el remedio cambiando a los demás. Y la respuesta es siempre la misma: El mal está en mí, la raíz de las injusticias está en mi corazón.
Las estructuras no son más que el reflejo de lo que pasa en mí. Debo empezar por reformarme y cambiarme a mí mismo. Todo el Evangelio se puede encerrar en esta máxima de Juan: ¿Quieres estar en paz con Dios? Vive en paz con tu prójimo. De Dios estarás siempre tan cerca como lo estás con tus vecinos. Tus relaciones con los hombres son la revelación de tus relaciones con Dios. No te juzgarán por tus prácticas religiosas, sino por tus relaciones sociales. La única prueba de tu comunión con Dios es que compartes lo tuyo con los necesitados. Hasta allí llega la encarnación. Pero para conseguir esta transformación, no basta con desearla, ni basta con oír a un maestro como lo es San Juan Bautista. Se necesita un nuevo nacimiento, un nuevo bautismo. Se necesita un nuevo Pentecostés.
Sólo el Espíritu de Dios puede renovar al hombre hasta sus fundamentos. Sólo el Espíritu Santo puede hacerle cumplir como la cosa más natural y más necesaria lo que hasta ahora le daba miedo. Juan Bautista lo sabía muy bien, cuando preparaba a sus oyentes para la venida de otro, cuando trazaba el camino que otro tendría que recorrer, cuando aumentaba el hambre y la sed que otro podría saciar. La Buena Nueva del Bautista no era sólo esta presentación de la luz y de la caridad, sino la llegada de aquel que haría posible la realización de todo eso: Jesucristo, el Salvador. Queridos hermanos, por medio de San Juan Bautista el Señor nos invita a preparamos para Navidad. ¡Que la conversión en hombres solidarios, en hombres que sepan compartir, sea este año el milagro de la Nochebuena para cada uno de nosotros!

P. Fr. Antar Elías Chain ocd