PRIMERA LECTURA: MIQUEAS 5, 1-4
SALMO RESPONSORIAL: Del SALMO 79
SEGUNDA LECTURA: HEBREOS 10, 5-10
EVANGELIO: LUCAS 1, 30-45

Reflexión Dominical
Toda nuestra vida, cuando es auténticamente cristiana, está orientada hacia el amor. Sólo el amor hace grande y fecunda nuestra existencia y nos garantiza la salvación eterna. Y sabemos que ese amor cristiano tiene dos dimensiones. La dimensión horizontal: amar a los hombres, nuestros hermanos. Y la dimensión vertical: amar a Dios, nuestro Señor. Es fácil, hablar de amor y de caridad, pero resulta difícil vivirlos, porque amar significa servir, y servir exige renunciar a sí mismo. Por eso, el Señor nos dio como imagen ideal a la Sma. Virgen María. Ella es la gran servidora de Dios y, a la vez, de los hombres. En la hora de la Anunciación, Ella se proclama la esclava del Señor. Le entrega toda su vida, para cumplir la tarea que Dios le encomienda por el ángel. Ella cambia en el acto todos sus planes y proyectos que tenía, se olvida completamente de sus propios intereses.
Lo mismo le pasa, en el Evangelio de hoy, con Isabel. Se entera que su prima va a tener un hijo y parte en seguida, a pesar del largo camino. Y se queda tres meses con ella, sirviéndole hasta el nacimiento de Juan Bautista. No se le ocurre sentirse superior. Y no busca pretextos por estar encinta y no poder arriesgar un viaje tan largo. Hace todo esto, porque sabe que en el Reino de Dios los primeros son los que saben convertirse en servidores de todos. También nuestra propia vida cristiana debe formarse y desarrollarse en estas mismas dos dimensiones: el compromiso con los hermanos y el servicio a Dios.
Por eso, un padre de la Iglesia dice que la vida del cristiano comprometido se representa en la cruz: El madero horizontal simboliza el amor y el servicio a los demás; el madero vertical simboliza el amor y el servicio a Dios. Y no se puede separar una dimensión de la otra. Por eso, cuanto más queremos comunicarnos con los hombres, tanto más debemos estar en comunión con Dios. Y cuanto más queremos acercarnos a Dios, tanto más debemos estar cerca de los hombres.
¿Qué más puede decirnos el Evangelio de hoy? Nos cuenta de algunos sucesos milagrosos en el encuentro de las dos mujeres: el niño salta de alegría en el vientre de su madre; Isabel se llena del Espíritu Santo, reconoce al Señor presente y comienza a profetizar. Y nos preguntamos: ¿Es la Sma? ¿Virgen la que hace esos milagros? Ello se puede explicar sólo por la íntima y profunda unión entre María y Jesús. Esa unión comienza con la Anunciación y dura por toda su vida y más allá de ella. Y por primera vez se manifiesta en el encuentro de María con Isabel. María no actúa nunca sola, sino siempre en esta unión perfecta entre Madre e Hijo. Donde está María, allí está también Jesús. Es el misterio de la infinita fecundidad de su vida de madre.
Y si nosotros queremos ser como Ella, entonces debe ser también el misterio de nuestra vida. ¿En qué sentido? Nos unimos, nos vinculamos con María, nuestra Madre y Reina. Y entonces, ¿qué hace Ella? Ella nos vincula, con todas las raíces de nuestro ser, con su Hijo Jesucristo. Porque María es la tierra de encuentro con Cristo, nos conduce hacia Él, nos guía, nos cuida y nos acompaña en nuestro caminar hacia Él.
Me parece que el Evangelio de hoy nos revela todavía otro mensaje: María no sólo nos conduce hacia Cristo, sino trae, ante todo, a Jesús al mundo y a los hombres. Es su gran tarea de Madre de Dios. Y en su visita a la casa de Isabel realiza, por primera vez, esta gran misión suya: le lleva a su Hijo. Y el Señor del mundo, encarnado en su cuerpo maternal, manifiesta su presencia por medio de aquellos milagros. Lo hizo María hace más de 2000 años. Pero lo hace también hoy: nos trae Cristo a nosotros. Con el Domingo de hoy estamos ya muy cerca de Navidad. En la Noche Buena vamos a celebrar la venida de Jesús en medio de nosotros. En la Noche Buena María quiere entregarnos el regalo más grande que un ser humano puede hacer: Dios mismo, hecho hombre en el niño Jesús. Por medio de su Madre y nuestra Madre, Él quiere nacer de nuevo en nuestros corazones, quiere llenarlos con su amor, su alegría, su paz. Queridos hermanos, pidámosle, por eso, a María que Ella nos prepare para Navidad, que nos abra los corazones cerrados, que despierte en nosotros la misma actitud de anhelo y espera del Redentor, que tenía Ella. Entonces, Jesús en Navidad va a nacer de nuevo en nuestros corazones y tomar posesión de ellos. Entonces, los días de Navidad van a ser un tiempo de profunda gracia, alegría y fecundidad para nosotros y para todos los nuestros.

P. Fr. Antar Elías Chain ocd