Reflexión DominicalGracias a la liturgia, Adviento trae una salpicadura de semillas que dejan nuestro corazón sembrado de ejemplos y proyectos: La Inmaculada, con su limpia ternura disponible; San Juan Bautista, pleno de anuncios y firmezas; y la cautiva libertad de San Juan de la Cruz, extasiado y real, afilando la presencia de Dios en su poema. Desde los tres, este segundo domingo de adviento reclama en nosotros identidad y esperanza con tres palabras clave: DESPOJO, CONVERSIÓN Y SOLEDAD.
Para convertirse es preciso escuchar la voz de dentro. Demasiadas angustias, continuas estridencias y ruidos, incertidumbres, comodidades y lamentos, atenazan el porvenir de la razón y el sentimiento en cada uno de nosotros como para que seamos capaces de buscar la soledad con sonidos de fray Juan. Para escuchar la voz de Dios es indispensable el silencio en que sólo puede entenderse la salvación que nos trae. Apetezcamos el descanso para navegar calladamente por los ríos interiores, donde siempre el paisaje es una invitación a nacer en Belén, a comenzar de nuevo.
San Juan de la Cruz es un místico, es decir, un hombre de experiencia de Dios. Conoce a Dios en fe, esperanza y caridad, es decir, en “vida teologal”.
San Juan de la Cruz es un maestro, es decir, explica el misterio hasta donde puede ser explicado. Tres requisitos hacen falta para ser maestro de verdad: ciencia, discreción (saber discernir) y experiencia (cf. L 3, 30). San Juan de la Cruz, que posee los tres requisitos, es el hombre sabio, el maestro (declarado doctor de la Iglesia por el Papa Pio XI el 24 de agosto de 1926) que ha sabido unir “fe y razón” (cf. Dichos, 43-45) en asunto de tanta trascendencia, las cosas de Dios, que se han de tratar muy a lo claro y con los ojos muy abiertos.
San Juan de la Cruz es un mistagogo, es decir, alguien que nos introduce en el misterio; no sólo lo vive él y lo enseña, sino que nos toma de la mano y nos hace entrar en él. San Juan de la Cruz realiza tareas mistagógicas puesto que nos ayuda a emplear mediaciones y a trascender mediaciones, “procediendo de lo visible a lo invisible, del signo a lo significado, de los “sacramentos” a los misterios” (CCE 1075).
Nos guía a saber vivir. El escribe con una finalidad práctica: ayudar a adentrase vitalmente en el misterio, ayudar a vivir el misterio. Igual que el guía de una ciudad: ni la edifica ni la crea sino que nos ayuda a recorrerla, descubriendo todos sus misterios y asimilando contenidos. El lector de San Juan de la Cruz, termina siendo algo más que lector; se produce una misteriosa atracción del sujeto o empatía mediante la cual uno se va dejando llevar dócilmente y con suavidad por sus indicaciones pedagógicas. “Hácelo Dios todo, y para eso ordena que me quieran” (BMC, 14, 301).
Los escritos sanjuanistas nos ayudan a vivir, nos enseñan a amar. No son tratados sobre el amor sino guías para amar, es decir, para ejercitarse en el verdadero amor. “Declaración de las canciones que tratan del “ejercicio” de amor entre el alma y el Esposo Cristo” (Cántico, Subtítulo).
Escritos para enseñar a vivir, para arreglarle a uno por dentro y así vivir enamorado en todas las situaciones y circunstancias; son escritos para crecer en el amor hasta llegar al amor perfecto. “Es lástima ver muchas almas a quien Dios da talento y favor para pasar adelante, que, si ellas quisiesen animarse, llegarían a este alto estado, y quédanse en un bajo modo de trato con Dios, por no querer, o no saber, o no las encaminar y enseñar a desasirse de aquellos principios” (Subida, Prólogo 3).
San Juan de la Cruz es un hombre que busca. San Juan de la Cruz practica el llamado método “heurístico”, el método de la búsqueda de respuestas satisfactorias a los grandes interrogantes del hombre; se pone al lado del que busca la verdad, comparte inquietudes e interrogantes para ir encontrando respuestas. Este método lo practicó Jesús con los de Emaús (Lc 24, 13-35), lo practicó Felipe con el servidor de Candaces (Hch 8, 26-40). Cf. GS 10. Buscar no es instalarse en la duda sistemática sino progresar en la verdad. Cántico comienza con una interrogación (canción primera) y, poco después (canción tercera), expresa su determinación de llegar hasta el final en ese proceso de búsqueda. Esta búsqueda no es sólo empeño humano, sino que es un proceso iniciado por la gracia (”habiéndome herido”, c. 1). También aquí, en la búsqueda, hay que poner de manifiesto la regla de oro de la visión cristiana de las cosas, la primacía de la gracia. Se ha de “respetar un principio esencial de la visión cristiana de la vida: la primacía de la gracia” (NMI 38).
San Juan de la Cruz es un hombre contemporáneo. La razón de esta contemporaneidad está en que va a los temas esenciales: Dios, el hombre, la unión con Dios, Cristo, la vida teologal… “Doctrina sustancial y sólida, así para los unos como para los otros” (Subida, prol. 8). Sólo lo esencial es perduradero; además habla desde la experiencia y para la experiencia, lo que le da autenticidad y utilidad. Lo sustancial está permanentemente vivo. “Dios es por sí mismo la fuente de toda juventud y de toda la vida. Y si la fe es un talento que llega de Él y es, por así decirlo, el agua fresca que siempre se nos da de nuevo con la que podemos vivir y que podemos usar como fuerza en los caminos del mundo, entonces la Iglesia es una fuerza rejuvenecedora.

P. Fr. Antar Elías Chaín