Reflexión DominicalQueridos hermanos:
En este día tan importante para todos nosotros, tenemos que tomar fuerzas, abrirnos a la gracia de Dios y recibir el testimonio que el Señor nos regala a través de Santa Teresa, poniendo en práctica sus virtudes, para que todo sea sublime, para que todo sea redondo en nuestra vida.
En primer lugar, vemos que Dios, no necesitando de nadie, quiere contar con nosotros. Y Dios ha despertado, por medio del Espíritu, a esta mujer para que pueda responderle. En aquella época había también muchas dificultades, mucho aburguesamiento, muchas cosas que no estaban bien. Había también mucho deterioro en lo humano y en lo cristiano. Y esta mujer, no dejándose vencer por las dificultades de su época, fue fiel al Espíritu.
La primera enseñanza que tenemos que aprender es que, a pesar de todo, tenemos que ser fieles al Señor y al Espíritu. Si queremos alcanzar la perfección, si queremos alcanzar la plenitud, si queremos vivir intensamente las cosas de Dios y las cosas de los hombres, hay que ser fieles al Espíritu, a Dios. Por lo tanto, no tenemos excusas.
No podemos decir “como los demás son malos, yo también soy malo”, “como los demás son mediocres, yo soy mediocre” “como los demás critican, yo crítico”, “como les demás chismean, yo chismeo”, “como los demás viven mal, yo vivo mal” ¡No! Las personas que quieren vivir en serio su fe cristiana deben ser fieles al Espíritu.
En segundo lugar, hay que transformar las cosas que están en nuestro alrededor. Y los primeros en ser transformados somos nosotros. Porque tenemos que reconocer que muchas veces nuestro corazón es de piedra, y no de carne. También muchas veces nuestra mirada es oscura, borrosa y opaca: no vemos bien las cosas de Dios, como tampoco vemos bien las cosas de Dios en los demás. Y porque no vemos bien ni a Dios ni a los demás, no respetamos, no nos respetamos, no respetamos a nadie. Y así nos va.
Quien se aleja de Dios también se aleja de los demás. Quien se aparta de Dios, también se aparta de los hombres, muchas veces bajo la forma de la venganza o de una actitud destructiva. Fijémonos cuando obramos con violencia hacia los demás, y pensamos: “porque no me das lo que yo quiero, entonces te paso por arriba”; “porque no me gustas y no me caes simpático, puedo maltratarte y excluirte”; “porque te veo débil, entonces puedo tomar decisiones en tu vida” Y así, un sinnúmero de cosas.
Cuando no hay temor de Dios, hay poco respeto por el otro. Si nosotros no respetamos a los demás, no tenemos temor de Dios. Porque si tuviéramos temor de Dios, nos respetaríamos más entre nosotros.
En tercer lugar la perfección, la plenitud: el amor a la Iglesia. Santa Teresa amó a la Iglesia, y pudo transformar desde adentro las cosas. No se puso en la vereda de enfrente. Desde adentro, lo primero que hizo no fue exigirle a los demás que cambiaran: ella cambió primero. Los cambios estructurales no empiezan por los otros, empiezan personalmente por cada uno de nosotros. Si cada uno cambia, vamos a cambiar muchas cosas más. Pero si no cambiamos nosotros, no cambia la comunidad, siguen las mismas mañas, siguen los mismos problemas, y siempre sigue lo mismo porque hay gente que no se anima a vivir en el Espíritu y en el cambio. Y así nos va.
Santa Teresa nos enseña que tenemos que amar entrañablemente a la Iglesia. Tener pasión por ella y entregarnos a ella. Realmente esto es algo extraordinario. No permitan ¡por favor! que les hagan el lavado de cerebro, no les crean a quienes reducen la Iglesia a las actitudes de una persona, como si la Iglesia fuera reducible a cada uno de nosotros. ¡No! La Iglesia es mucho más. La Iglesia es Cristo que se entregó por ella y está presente aquí. ¡No se dejen engañar! No es mi Iglesia, es la Iglesia de Cristo. Y porque es la Iglesia de Cristo, es la Iglesia de todos.
Nuestra fe cristiana tiene que expresarse. ¿Y dónde se expresa? Aquí dentro y también afuera. En lo personal y en la vida pública. Hay que expresarla en todos los ámbitos. Hay que expresar la presencia de la Iglesia, y no tengamos vergüenza de la Iglesia, porque es nuestra Madre. ¡Pobre aquel que tiene vergüenza de su Madre! ¡Pobrecito, se quedó reducido a lo que piensan los demás! No supo mirar más allá, hacia el amor de su Madre.
Hay que amar a la Iglesia. Amarla en serio. Porque no son sólo estas cuatro paredes. La Iglesia es Cristo, es el Espíritu, es la presencia de todos los Santos, y de todos aquellos que también tienen que ser santos.
Por último, aprender de Santa Teresa a dar testimonio. Dar testimonio con las obras pero también con la vida. Y las obras corroboran la vida. Ella nos muestra esa coherencia de vida que también nosotros tenemos que alcanzar. Si amamos, obremos. Si obramos, estamos diciendo que amamos. No podemos callarnos la boca. Tenemos que anunciar a Jesucristo.
No podemos permitir que la fe quede reducida a la capilla o a la parroquia. La fe tiene que estar expresada y vivida en todos los ámbitos. Es importante que mostremos lo convencidos que estamos de nuestra fe. Y que Dios no es algo secundario. Dios es lo principal, lo primero. ¿Por qué es lo primero y lo principal? Porque por El vivimos, de El salimos, de El todo lo recibimos, de Él nos alimentamos, y junto con El caminamos. Dios no es secundario, no es un adorno, no se lo cambia según las circunstancias. Es nuestra propia vida la que se está jugando cuando hablamos de Dios.
El testimonio de Santa Teresa ilumina otra cuestión: ya no va más esperar recibir todo. Demos vuelta el argumento: yo como cristiano, como católico, ¿qué cosa puedo dar a la Iglesia? ¿Cómo puedo dar testimonio de Cristo? Yo católico no soy un mero consumidor. No. También tomo parte, me comprometo. No me callo cuando tengo algo que decir. Y lo que tengo que decir es “Jesucristo: él es lo primero y principal”. Tengo que dar testimonio. Tenemos que aprender de esto.
Santa Teresa supo vivir así, por eso hoy la honramos, la veneramos. ¿Por qué? Porque vivió intensamente, convencida de lo primero y principal, de la vida en el Espíritu. Si no queremos ser mediocres, superficiales, pidámosle fuerzas a Santa Teresa para dar razón de Dios y poder comunicarlo a los demás.
Se lo pedimos así, simplemente, para nuestra diócesis, para todos. Que tengamos el convencimiento de que, aquello que pedimos, Dios nos lo pide primero. Y porque Dios lo pide primero, uno se anima a pedírselo a él. Y Dios quiere que vivamos intensamente en su amor y en el amor a los demás.
Que Santa Teresa interceda por todos nosotros para que alcancemos la perfección. Para andar en el camino de verdad, en los senderos de la caridad y el amor. Y cada uno de nosotros tendrá que mostrarlo con obras. “Obras son amores y no buenas razones”, decía Santa Teresa.
Que así sea.

(TOMADA DE LA HOMILÍA HOMILÍA EN SANTA TERESA DE JESÚS COPATRONA DE LA DIÓCESIS DE AVELLANEDA LANUS)