PRIMERA LECTURA: 2Re. 4,8-11.14-16
SALMO RESPONSORIAL: Del SALMO 88
SEGUNDA LECTURA: ROM 6 3-4. 8-11
EVANGELIO: MATEO 10, 37-42

Reflexión DominicalLa primera lectura, nos habla de la intervención de Eliseo, que hace honor a su nombre, que significa “Dios salva”. Junto con Elías, su discípulo Eliseo, conforman este binomio, que lucha con el creciente culto a Baal, defendiendo los derechos de Dios en Israel. Los Milagros de Eliseo, demuestran el poder de Dios y el cambio de destino que experimentan los beneficiados por ellos. El nacimiento milagroso del hijo de la sunamita, semejante a otros nacimientos portentosos como el de Isaac. También la sunamita era estéril y el marido entrado en años; en ambos casos el nacimiento es un premio a la hospitalidad (cfr. Gn. 18,1-15). En el fondo, todo este tipo de prodigios deja de manifiesto la omnipotencia de Yahvé que la persona pasa de la muerte a la vida, o pasar de la nada al ser. En este caso concreto, este nacimiento además de demostrar el poder taumatúrgico de Eliseo, es manifestación divina contra el culto a los Baales. El milagro en sí, querría decir, no es Baal quien da la vida, sino Yahvé, el único Señor.

El apóstol Pablo descubre el misterio del Bautismo, al enseñar que la incorporación a Cristo nos une a su muerte y a su resurrección, es decir, el cristiano morirá, pero con un resultado como en el caso de Cristo, que terminará en vida eterna. Sin embargo, se da una tensión existencial en el hombre: pecado y Dios, mientras la muerte lo une al viejo Adán, la vida nueva lo encamina hacia la vida de Dios. Si opta por el pecado, lo juzgará la ley, si opta por Cristo, vive en la más absoluta gratuidad, todo es gracia: la vida, la fe, la esperanza y la caridad, el bautismo, el evangelio, la comunidad, etc. Si el hombre se abandona a la muerte cosechará muerte eterna al final de sus días, en cambio, quien vive su bautismo, alcanza vida eterna, la vida de resucitado, que Jesucristo comparte con todos los que le pertenecen por el bautismo. Es que lo que no se sabe que el remedio contra el pecado está en el mismo bautismo, ahí radica la fuerza de la gracia que capacita todo cristiano para estar firme a la hora de la batalla que hay que dar por nuestra fe.

El evangelio nos enseña a amar y querer a nuestra familia, desde el amor que tenemos a Jesucristo. Este amor pleno y total que pide Jesús a su persona es posible sólo en la medida que comprendemos que desde su amor podemos querer a todas las personas que se nos ha confiado. Con esto queda claro que este amor queda por sobre todo otro querer. Este mensaje va muy unido al cumplimiento del cuarto mandamiento (cfr. Mc. 7, 10-13). Pero este amor sano y sereno, se puede convertir en óbice para amar a Cristo y sus exigencias, sobre en tiempos difíciles de persecución para la fe. Debe prevalecer el amor supremo a Jesucristo. Acepta el discipulado de Cristo, siempre va a significar cargar la cruz, el discípulo no es más que el Maestro, por lo tanto, debe estar dispuesto a tomar su cruz y seguirlo.
Entregar la vida para encontrarla. Se debe entender como entregar o perder la vida en el discipulado, pero también, puede ser en el martirio. El discípulo no se pertenece, es de la familia de Jesús, le ha entregado la vida a ÉL. Es la entrega de la vida, al autor de la vida, la misma vida de Dios en él (cfr. Jn. 15,5), a Aquel que vino para que tengamos vida en abundancia (cfr. Jn. 10,10). La vida de todos los días alcanza cota de plenitud sólo en la vida de ÉL, a quien e la hemos entregado. Aferrarse a la vida, lejos de la Vida que es Cristo, es entrar en la muerte. Quien a vosotros recibe, a mí me recibe… todo servicio prestado a favor del prójimo será premiado, lo mismo realizado por el Reino de Dios, ya sea a los apóstoles o profetas de la comunidad o a cualquier hermano, hasta un vaso de agua fresca también será recompensado (cfr. Mt. 25,33). Toda esta reflexión presenta lo que encierra el querer seguir a Cristo Jesús, desde el amor exclusivo y preferencial amor que se extiende a todo prójimo comenzando por la familia y que se extiende a la comunidad eclesial, pero no se detiene ahí por desde esa plataforma se expande en multiplicidad de servicios a todo ser humano. Santa Teresa de Jesús, una amante de su vocación cristiana y carmelitana agradece la vida que Dios le regaló. Vida exigente como ninguna, pero asumida con la fuerza de quien cuenta en todo con la voluntad de Dios manifestada en Cristo Jesús. “Sí, que no matáis a nadie, ¡Vida de todas las vidas!, de los que se fían de Vos, y de los que os quieren por amigo; sino que sustentáis la vida del cuerpo con más salud y le dais vida al alma (Vida 8, 6).

P. Fr. Antar Elías Chain OCD