PRIMERA LECTURA: 1er. REYES 19, 4-8
SALMO RESPONSORIAL: Del SALMO 23
SEGUNDA LECTURA: EFESIOS 4, 30- 5,2
EVANGELIO: JUAN 6, 41-51

Reflexión DominicalLa primera lectura de hoy, 1 Reyes. 19, 4-8, nos cuenta un acontecimiento misterioso en la vida del profeta Elías. En su fuga se siente tan desanimado y angustiado que hasta desea morir. En esta situación Dios le manda, por un ángel, un pan misterioso del cielo. Y en la fuerza de ese alimento, el profeta camina cuarenta días y cuarenta noches por el desierto. Su meta es el monte de Dios, el Horeb que es el otro nombre del Sinaí. Allí Dios va a manifestarse a Elías, tal como se reveló a Moisés, cuatro siglos antes. Así, él anda ese largo camino en busca de Dios, va al encuentro del Dios de Israel.
Esa marcha del profeta Elías hacia el monte de Dios es como una imagen de la vida, de la vida de cada uno de nosotros. Porque también nuestra vida es una peregrinación, un largo caminar hacia Dios. Nuestra vida es una búsqueda permanente y renovada de su meta: el corazón de Dios, la casa del Padre. Pues, ¿dónde está nuestra patria definitiva? Está en la Casa del Padre, en el corazón de Dios. Dios nos ha enviado, sólo por un tiempo breve, a esta tierra. Somos peregrinos extranjeros en este mundo. Los pocos años que pasamos aquí abajo, son años vividos en tierra extraña.
No hay nada puramente terreno que pueda llenar y saciar nuestro corazón. Nuestro anhelo es demasiado grande para este mundo. Dios es nuestro hogar. Todo lo demás es demasiado pequeño para nosotros. Nuestra hambre de felicidad sólo será saciada en Dios y junto a Él. Sin Él, el corazón humano permanecerá eternamente insatisfecho.
Esto no significa que tengamos que separarnos de todo lo que nos rodea. Todo lo que es de Dios lo llevaremos al corazón del Padre. ¡Busquemos a Dios, hallemos a Dios, amemos a Dios en todas las cosas! Pero la meta suprema de nuestra vida es y seguirá siendo siempre la misma: caminar hacia Dios, volver al Padre. Nunca debemos olvidar esta meta, tenerla presente en todo momento.
Todos sabemos que nuestro camino no siempre es fácil, sobre todo en el tiempo que vivimos actualmente. Muchas veces estamos desanimados, angustiados; nos faltan el coraje y las fuerzas para seguir caminando y luchando. Nos sentimos perdidos y solos en el desierto de este mundo, igual que el profeta Elías en el desierto de Judá.
En tales situaciones de desesperación Dios nos extiende sus manos ofreciéndonos también un pan misterioso del cielo. Este alimento nos da fuerza y ánimo para seguir caminando en nuestra ruta de vida. Es el pan eucarístico, el pan de vida eterna, el Cuerpo mismo de Jesús. Cada Santa Misa resulta una invitación a fortalecernos con ese pan y a unirnos con la fuerza de Cristo.
Aunque nos sintamos abandonados en nuestro camino, en realidad nunca estamos solos. Porque el Señor viaja a nuestro lado hasta el fin del camino. Él es el compañero invisible que nos hace levantarnos y ponernos en marcha siempre de nuevo.
Pero no sólo Cristo y María nos acompañan, sino también una gran multitud de hermanos siguen la misma ruta. Toda la Iglesia está en camino, está en marcha hacia Dios. Somos una Iglesia de peregrinos buscando nuestra patria celestial. Queridos hermanos, en esta Misa dominical, muchos de nosotros vamos a comulgar, dentro de un rato. Vamos a prefigurar, vamos a anticipar aquel día feliz en que todos nosotros hayamos llegado al final de nuestro camino. Aquel día nos reuniremos definitivamente en la Casa del Padre, sin tener que separarnos ya nunca más. Veremos a Dios, a María, a los Santos de cara a cara viviendo junto a ellos para siempre, durante toda una eternidad.

P. Fr. Antar Elías Chain ocd