XVII domingo del tiempo Ordinario

Primera lectura:Génesis (18,20-32)
Salmo:Sal 137,1-2a.2bc-3.6-7ab.7c-8
Segunda lectura:Colosenses (2,12-14)
Evangelio:Lucas(11,1-13)

II domingo del tiempo OrdinarioEn la liturgia del día de hoy escucharemos en la primera lectura el diálogo que sostiene Abraham con Dios (Gen 18,20-32) y en el Evangelio a Jesús que enseña a sus discípulos a orar (Lc 11,1-13). El tema que conecta ambos pasajes es el de la oración.

¿Qué es la oración?

La oración no es una formula, un himno a recitar, es ante todo y sobre todo un DIALOGO.

Dios no es burócrata que requiere de cierto número de fórmulas preestablecidas para responder a nuestras necesidades. La fuerza de la oración está en nuestra cercanía con Dios, en la intimidad que hemos cultivado. Podemos tocar el corazón de Dios cuando oramos con la “correcta actitud” de ahí que Jesús nos invita a llamar a Dios PADRE.

A veces se tiene la ilusión que ciertas oraciones son más potentes que otras, como si el secreto de la oración estuviera en la FORMULACIÓN. A Dios lo que le interesa la oración que nace del corazón, aquella que expresa las necesidades más profundas de nuestro ser.

La oración muchas veces es como una lucha. En la primera lectura vemos a Abraham que trata de salvar a Lot y a su familia, por medio de una serie de argumentos de regateo. Pareciera que Abraham es más bueno que Dios, pero en realidad es él el que establece los límites de la bondad de Dios. A cada regateo Dios accede, de forma que los temores de Abraham son disipados.

A través del dialogo el hombre se manifiesta, se expresa y por otro lado comienza a comprender a Dios, a conocerlo.

Es importante verbalizar aquello que queremos en la oración. Ciertamente Dios conoce lo que hay en nuestro corazón, pero es importante expresar la propia situación. Expresar nuestras necesidades nos mete en una relación de hijos.

Ambos pasajes hablan de la importancia de la oración de intercesión: los bienes que Dios da al mundo pasan a través de la oración de los hombres, a través del amor que ellos manifiestan en su oración, de ahí la importancia de la intercesión.

¿Por qué pedir el PAN?

Pedir el pan, es pedir el Espíritu Santo. Lo propio de un padre o una madre es alimentar a su hijo. El amor de los padres hacia sus hijos se manifiesta a través del alimento. El pan cotidiano es el vínculo que nos hace hijos, es el Espíritu.

La dimensión más importante de una persona son sus relaciones. Cada vez que pedimos el pan, nos situamos en una relación de dependencia física pero sobre todo de dependencia existencial. ¿Qué sería el hombre sino fuese hijo de Dios?

Jesús nos asegura que Dios no nos negara su Espíritu si lo pedimos con insistencia. Tenemos un Padre que no nos rechaza, un Dios que nos concede su Espíritu, es decir su amor y con ello todos los bienes.

Fray José Colón Izquierdo ocd.